viernes, 27 de junio de 2014

John Corigliano: Suite de "El Violín Rojo"

Orquesta de Cámara del Kremlin
Misha Rachlevsky, director
John Paul Corigliano (Nueva York, 1938) se convirtió, a principios de la década de los 90, en el compositor más interpretado de EE.UU., merced a dos obras, su atronadora "Sinfonía nº 1" de 1990, dedicada a las víctimas del sida, que estrenaran la Sinfónica de Chicago y Daniel Barenboim, y la ópera "Los fantasmas de Versalles" de 1992, encargo de James Levine y la Metropolitan Opera. De familia de músicos -su padre fue concertino de la Filarmónica de Nueva York en la época de Bernstein-, la habilidad técnica de Corigliano para la fabulación audiovisual le ha llevado periódicamente al cine, al que vuelve con un importante trabajo, esta historia "del alma de un violín" a través de los tiempos, para la que ha creado un hiper-concierto, paralelo en cierto aspecto al mega-concierto que John Williams concibiera para "La lista de Schindler" de Spielberg. 
En la película se sigue la historia de un violín —ficticio, aunque inspirado en el «Mendelssohn Rojo»— según va cambiando de manos a través de tres siglos y cinco países. Son cinco historias, cada una con su propio espacio, época e idioma, unidas por un pedazo de madera y un único lenguaje que se mantiene constante a lo largo del tiempo: la música del violín rojo. 
Corigliano basa su composición en una bellísima melodía, el tema de Anna, la esposa fallecida del constructor del violín. Es la primera música que se desliza fuera de las cuerdas del violín, un recuerdo por los que se han ido (y los que se irán), por lo que no ha sido ni será… un triste lamento que comienza con una etérea voz de la que parece ir naciendo, poco a poco, el sonido del violín, y que acaba por arrastrar en un dramático crescendo a toda la sección de cuerdas de la orquesta. Este tema se irá repitiendo a lo largo de las cinco historias. Con él da la impresión de que Corigliano hace lo mismo que hizo Elgar con sus variaciones Enigma, si bien de una forma menos críptica, aunque más bella. Existe un tema central de siete acordes que se puede intuir y hasta tararear, pero ese tema jamás suena completo o entero en la película… siempre falta una nota, un arpegio, o la música se desvía y emprende una sutil variación; da la impresión de que, perpetuamente, está a punto de cerrarse y sonar completo, pero nunca lo hace. Aún así, a través de las sombras que proyecta, puede vérsele. Quizá por ello, ese tema ya de por sí tan triste, acaba teniendo mucha mayor profundidad, resultando desgarrador por momentos.
 Corigliano evita el tópico de utilizar la música propia de esas épocas, y centra toda la partitura en variaciones a partir de ese intemporal tema, incorporándoles, eso sí, pequeños elementos propios de las culturas y tiempos que retrata. También crea otras melodías y piezas, más modernas y con elementos de vanguardia, para otros momentos de la película. Eso sí, en todos ellas lo que sí resulta omnipresente es la presencia del violín como instrumento solista.
La banda sonora se centra en las cuerdas y la música del violín es suave y sutil, sin usar ni abusar de la orquesta al completo, sin tocar apenas la percusión y los metales de viento. Es una composición compleja y exigente, misteriosa, distante de los alardes y rimbombancias musicales tan propias de la música de cine de hoy en día. Sin embargo, esta vez sí existe un tema principal, y de gran belleza, con lo que le resultó más asequible conquistar los corazones de los miembros de la Academia y obtener su primer Oscar.
Desde entonces Corigliano se ha apartado del cine y no ha vuelto a componer nada para la pantalla. Sólo esas tres bandas sonoras, distintas, personales, extrañas, misteriosas, entre las que brilla esta extraordinaria pieza para violín, voz y orquesta.

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