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miércoles, 15 de abril de 2015

J. Sibelius: Sinfonía nº 2 en Re mayor, op. 43

Orquesta Sinfónica de Gotemburgo
Gustavo Dudamel, director

La Segunda Sinfonía de Sibelius es su obra más conocida e interpretada. Escrita después de Finlandia —emblema nacionalista del autor— fue concebida en Rapallo, durante una estancia del músico en Italia (1901). Su estreno se produjo en Helsinki, en marzo de 1902, con la dirección del autor. Obtuvo un gran éxito, siendo repetida tres veces en el intervalo de ocho días.
De manera similar a lo ocurrido con Finlandia, la Segunda Sinfonía fue considerada inmediatamente como expresión musical de las aspiraciones nacionalistas del pueblo finés y entendida como un canto de resistencia frente al opresor ruso. Así mismo, su triunfo internacional provocó también un movimiento paralelo de simpatía hacia el país nórdico.

En cuanto al contenido, esta sinfonía puede catalogarse de “romántica”, si bien se trata de una obra especialmente original en la que destaca la brevedad de los temas, que van construyendo poco a poco grupos o conjuntos más vastos; también es patente la predilección de Sibelius por una instrumentación poco usual, sobre todo en el tratamiento de las maderas.

Desarrollo de la obra
- Allegretto: En Re mayor, este movimiento inicial es, sin duda, desconcertante; su comienzo llama la atención por su carácter fragmentado, a la manera de una improvisación temática en el seno de la forma sonata. Sibelius opera un considerable rejuvenecimiento en la forma tradicional, apoyándose en breves células melódicas que se van transfiriendo de unos instrumentos a otros sobre un fondo rítmico de la cuerda en 6/4 —once negras consecutivas—, que asegura su permanencia. El desarrollo parece realizar una síntesis que no es otra cosa que una intensificación de los elementos temáticos precedentes en registros instrumentales más homogéneos, con predominio de la cuerda y, posteriormente, de los metales. En la re exposición regresa el tema pastoral del comienzo, pareciendo abreviarse con arreglo a un logrado diminuendo.

- Tempo andante ma rubato: En re menor, es un sombrío movimiento lento que inauguran violonchelos y contrabajos en pizzicato, a lo que se superpone una melodía sobrecogedora, casi modal, expuesta por el fagot. Seguidamente interviene la cuerda en divisiAndante sostenuto, en un pasaje en Fa sostenido mayor—, acompañada de diversos motivos en los graves de la orquesta que se ven entrecortados por estallidos en los metales.

- Vivacissimo: En Si bemol, este movimiento es un incisivo y tempestuoso scherzo, una especie de motu perpetuo en 6/8 que recorre inmediatamente los registros extremos de la orquesta (desde los contrabajos a los violines en su registro agudo). Los timbales introducen un breve Trio en Sol bemol, en el que el oboe esparce una atmósfera casi agreste. Hay repeticiones variadas del scherzo, después del Trio y del inicio del final, cuyo primer tema se une sin interrupción con el posterior y último movimiento de la sinfonía.
- Finale-Allegro moderato: Encadenado al anterior, es un Allegro moderato en 3/2 basado en la forma sonata. Son cuatro temas, provistos de motivos secundarios: El primero es expuesto por la cuerda, al que le sigue una fanfarria de las trompetas; el segundo opone la cuerda a las maderas; el tercero es tranquilamente dibujado por el oboe, para ser posteriormente relevado por el resto de maderas y la cuerda; y el cuarto, más breve, es perfilado por los instrumentos de metal en Do mayor. La re exposición, en la que la orquesta gana en amplitud, también se dilata, progresando en base a un continuo crescendo. La corta y triunfal coda, en la que dominan los instrumentos de metal, hace que la obra termine en un clima de apasionada exaltación.

domingo, 9 de noviembre de 2014

J. Sibelius: Concierto para violín en re menor, op. 47

 
Vadim Repin, violín
Orquesta Sinfónica de la NHK
Charles Dutoit, director
Las obras más conocidas de Jean Sibelius no se corresponden siempre con las mejores, no porque las más populares no sean obras de calidad, sino porque han ensombrecido a las segundas y han llevado a un conocimiento parcial del compositor finés, y a un reconocimiento escaso de su genialidad.
Pero con el Concierto para Violín y Orquesta, opus 47 no ocurre eso: es una pieza indiscutiblemente genial, y es a la vez una de sus obras más ejecutadas, con más de un centenar de grabaciones. Es además el concierto para violín más interpretado del siglo XX (aunque en honor a la verdad date de sus primerísimos años), no hay virtuoso que se precie desde Jascha Heifetz que no haya desafiado a sus compases.

El estilo de la obra, absolutamente romántico, ha contribuido a este éxito. Hay que señalar que quizá no sea ésta la línea más habitual de Sibelius, al menos del mejor Sibelius, pero no por ello deja de formar parte de su personalidad musical. Es más, esta obra destila emociones personales del autor, está inmensamente unida a su propia experiencia vital. Sin ser una obra autobiográfica (como no lo es prácticamente ninguna obra de Sibelius), estamos ante un trabajo totalmente implicado en el sentir del músico finlandés.
La obra se enmarca de hecho dentro del periodo romántico del autor, donde su música se aproxima al estilo del post-romanticismo de los países nórdicos, con trato exquisito de la melodía y un refinado cromatismo, además de una tendencia hacia el diatonismo sin renunciar a la coloración modal. Este concierto corresponde a un ansia de Sibelius hacia la música pura que ya se había manifestado con sus dos primeras sinfonías, y a una búsqueda de música que, sin perder su personalidad netamente finesa, pudiera llegar al público más allá del país de los mil lagos.
Escuchando el Concierto para violín y orquesta de Sibelius parece difícil contener la emoción. En sus tres movimientos está resumida la pasión de una vida. En ese sentido es como Mahler: cada acorde, cada armonía es un billete directo al corazón, a la dureza de una vida desdichada.
A pesar de que Sibelius estaba superando con este concierto su etapa nacionalista y se sumergía ya en un estilo especial que sería imposible encasillarlo en alguna de las tendencias de su época, en el concierto podemos encontrar aún restos de ese folclore no robado, sino inventado, que impregna de cierto carácter místico y festivo la pieza.
El primer movimiento, Allegro moderato, recurre a una forma sonata que no lo es. El tema inicial tiene un desarrollo orgánico. Como la naturaleza de la que siempre quiso rodearse Sibelius, crece con naturalidad, transformándose, adaptándose… Ese tema que aborda el solista va pasándose de un instrumento a otro, como un mensaje ideal que merece ser recuperado siempre, una frase maestra. El tema se convierte en octavas paralelas, pasa del viento a la cuerda y regresa al solista con una emotividad demoledora. El desarrollo de la cadencia en la que el violín se deshace en florituras es un minucioso y endiablado pasaje en el que el violín aborda notas dobles y triples, acordes de cinco notas que superan las tres octavas y que parecen poner a prueba al violinista más virtuoso. Las partes para la cuerda son fogosas y dan paso a un pasaje en el viento que parece descolocar al oyente, del fuego al mar en calma, de la tormenta a la lastimosa quietud que roza casi el silencio.
Para el segundo movimiento, Adagio di molto, reservó Sibelius su estilo más genuino: el desarrollo lento que tan bien se le daba. El inicio del viento dejando en suspenso la frase recuerda a aquel Debussy que usó las flautas y su timbre como una punta de lanza en obras como el Preludio a la siesta de un fauno. Cuando entra el violín, unos compases después, los legatos toman el poder y la música se hace temperamental de nuevo pero a un ritmo cadencial que nos recuerda a la música de cine. Quizá sea el más romántico de los tres movimientos, pero el finlandés no pierde en ningún momento su identidad a la hora de componer. Aquellos que comparan este concierto con el de Mendelssohn han encontrado similitudes con la obra del alemán, pero Sibelius desgrana aquí una genialidad que Mendelssohn no alcanzó con su ensalzamiento del violín. El concierto de Sibelius es más sólido, mejor construido, quizá por esa obsesión que tenía el compositor por revisar y volver a revisar. Nunca estaba satisfecho con su trabajo. En este movimiento hay tintes del concierto de Chaikovski, pero algunas armonías podrían calificarse casi de wagnerianas.
El Finale es otro mundo. No serán pocos los violinistas que han visto en esta parte, marcada como Allegro, ma non tanto,  un puzzle difícil de abordar, a pesar de que en principio no podría parecer demasiado complejo. Pero esos puntillos del principio encierran la complicada labor de dejar al violín más expuesto que nunca. La orquesta es casi un rumor, un murmullo que acompaña de fondo dando dramatismo étnico a un violín que se deshace en subidas a toda velocidad, a veces con unas notas dobles que ponen a prueba al instrumentista. El concierto de Sibelius no es para cualquiera, y en este último movimiento queda patente. Porque no es solo la complejidad técnica, sino la intención que hay que darle a cada grupo de notas. Y es a la mitad del movimiento cuando Sibelius demuestra de lo que es capaz pero también su rechazo a hacer lo mismo que habían hecho otros antes que él. En un tutti lleno de armonías que conducen a una resolución que parece inevitable, Sibelius corta por lo sano justo antes de llegar al punto culminante y vuelve a poner al violín al mando con la misma frase presentada en un principio.
Como si el tercer movimiento volviese a comenzar y todo lo anterior fuera solo una prueba. El solista tiene a partir de este momento compases en los que toma las riendas con fuerza necesitando adquirir brío y energía. Y es entonces cuando empiezan las frases cromáticas que llevan a una fanfarria fingida por parte de los metales. A partir de esos momentos el violín se mueve en cascada para terminar en una nota seca. El concierto ha terminado y Sibelius se ha dejado el alma en cada sistema.
 

sábado, 27 de abril de 2013

Jean Sibelius: Finlandia, op. 26


Joven Orquesta Gustav Mahler
Franz Welser-Möst, director

De manera semejante a Grieg, el compositor finlandés Jean Sibelius logró integrar en su obra una fuerte identificación con el espíritu del nacionalismo de su patria con la tradición del romanticismo alemán. El estilo personal de este destacado compositor se caracteriza por un desarrollado sentido de la forma, dice Robert Layton, y por la originalidad en el pensamiento sinfónico, así como su cuidadoso empleo del color orquestal.

El poema sinfónico Finlandia fue escrito originalmente como preludio a una serie de “cuadros históricos”. Esta pieza, cuyo título inicial era Despertar de Finlandia fue interpretada por primera vez en Helsinki, el 4 de noviembre de 1899. Al año siguiente, cuando la Orquesta Filarmónica de Helsinki fue invitada a tocar en el marco de la Exposición Universal de París, la obra adoptó su título definitivo. En seguida, esta composición de Sibelius se convirtió en un segundo himno nacional y su autor comenzó a ser visto como un abanderado de las reivindicaciones patrióticas de Finlandia, que en dicha época se encontraba bajo la dominación de Rusia.

En concepto de Francisco Bueno, “desde el punto de vista musical, el poema sinfónico Finlandia mira hacia el pasado en busca de la herencia de Liszt, de dramáticos gestos”. De acuerdo al análisis de la obra que hace François-René Tranchefort, en la primera parte, Andante sostenuto, se evoca la belleza del paisaje finlandés. Como contraste a lo anterior en la segunda parte, Allegro moderato, se presentan unas fanfarrias seguidas por “una bella melodía de carácter hímnico”. Esta página musical finaliza de manera apoteósica, “declamando con potencia el orgullo de todo un pueblo”.