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miércoles, 29 de mayo de 2013

Isaac Albéniz: Granada, de la Suite Española, op. 47

Orquesta de la Radio de Copenhague
Rafael Frühbeck de Burgos, director

La Suite española, op. 47 de Isaac Albéniz, es un conjunto obras escritas en 1886 (agrupadas en 1887) en honor de la Reina de España. Como muchas de las obras de Albéniz, estas piezas pianísticas son cuadros de diferentes regiones y músicas de España. Es decir, que la obra se inscribe dentro de la corriente nacionalista relacionada con el Romanticismo. Albéniz estaba por entonces bajo la influencia de Felipe Pedrell, quien consiguió apartarlo de la música de salón tan de moda en la Europa de entonces y lo orientó hacia el Nacionalismo pasado por el tamiz del refinamiento y la estilización.

Los títulos originales de la colección son cuatro: Granada, Cataluña, Sevilla y Cuba. Formalmente las cuatro piezas responden a una misma estructura ternaria básica, en donde la repetición de la primera sección no queda enmascarada por la riqueza tímbrica debido a la omnipresente melodía.
El primer número, Granada, es una serenata reposada y sensual en la que la mano izquierda presenta el tema principal. Un segundo tema, en modo menor, contrasta con su atmósfera melancólica y de misterio. El maestro Frühbeck de Burgos ha realizado la transcripción de esta pieza para orquesta. En ella, el tema de Granada se reserva para el cello, que, junto con la flauta, protagoniza los momentos más líricos y expresivos, con rubati justos y bien elegidos.

Aragón, de "Iberia", film de Carlos Saura

Carlos Saura ha plasmado el flamenco en celuloide. Algunos años después de la universal "Flamenco", quiso que los principales artistas del género se dejaran llevar por la Suite Iberia de Isaac Albéniz. Lo maravilloso del trabajo del director de cine aragonés es que, junto a las imágenes, propicia la creación musical. Y el plantel de artistas flamencos que reúne, totalmente a la altura del homenaje, hacen del filme una obra que merece todo el interés.
Según relata el propio Carlos Saura, mucha gente, algunos paisanos de Huesca y Zaragoza, le decían a menudo: ‘Mucho flamenco, mucho flamenco. ¡Ni que fuera andaluz! ¿Y la jota, qué? ¿Por qué no haces una película sobre la jota?’ Al final, he podido hacer un acercamiento con Miguel Ángel Berna”.

Isaac Albéniz: El Corpus Christi en Sevilla

Esteban Sánchez, piano

El Corpus Christi en Sevilla es la pieza más larga del primer cuaderno de la Suite Iberia y, a la vez, la que entraña una mayor complejidad técnica en su ejecución. Cabe destacar a este respecto la escritura en tres pentagramas de algunos pasajes de la obra y las numerosas indicaciones de matices, expresión y fraseo que el compositor dejó plasmadas.

La pieza comienza con una representación pianística de unos redobles de tambor a los que le sigue el primer tema, la marcha basada en la canción popular castellana La tarara, con la indicación allegro giocoso. Le sigue un segundo tema, la saeta, con un aire más tranquilo. Después de una transición de carácter flamenco se llega a un desarrollo muy rico contrapuntística y rítmicamente hablando. Concluye la pieza con una coda en la que se presenta un nuevo tema, muy calmado, en pianísimo.

Albéniz bebe en el folclore pero también en los aromas del impresionismo. Un guiño hacia él es, por ejemplo, esta coda de El Corpus, que se podría perfectamente considerar antecedente del preludio de Debussy La cathédrale engloutie compuesto cinco años después, ya muerto Albéniz.
 

Isaac Albéniz: Triana

Alicia de Larrocha, piano

Isaac Albéniz compuso entre 1905 y 1909 la Suite Iberia que es, quizá, la más importante obra de la literatura pianística española, así como una de las cimas de la música para piano de todos los tiempos. De ella dijo Olivier Messiaen: “es la maravilla del piano, ocupa quizá el más alto puesto entre las más brillantes muestras del instrumento rey por excelencia”.

La obra consta de cuatro cuadernos de tres piezas cada uno. Triana, una de las piezas más conocidas de Albéniz, pertenece al Segundo Cuaderno y evoca el popular barrio sevillano a través de una seguiriya bulliciosa y colorista, dentro de una estilización poética que no cae en el folclorismo tópico. Hay en toda la pieza una elegancia de fraseo y un señorío de la mejor ley.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Isaac Albéniz: Triana

Alicia de Larrocha, piano

Aquéllos para quienes la música española no es algo ajeno o desconocido, quienes la han vivido como experiencia propia desde la infancia o en los canturreos de la adolescencia o la mocedad, quienes la han reconocido, engalanada, en las partituras de los mejores compositores pero también han sabido sentirla en su más sencilla expresión popular, suelen experimentar una doble sensación, aparentemente contradictoria, al escuchar cualquiera de las obras más características de Isaac Albéniz (1860-1909). Por una parte, la evidencia de un sello inconfundible de personalidad, de autoría, de original e inequívoca traza albeniciana; por otra parte, esa música nos conecta con un substrato reconocible, unos rasgos de identidad común que surgen del fondo de nuestra percepción estética en una especie de déjà vu. Y esto ocurre por igual tanto desde la experiencia personal del oyente no especializado, del no profesional, como desde la del intérprete de su música, el conocedor, el técnico.
La razón de ello está en el propósito que Albéniz persiguió infatigablemente, el de crear y dar a conocer al mundo una “música española con acento universal”, y a ello aplicó lo mejor de su talento creador. El resultado son esos casi dos centenares de obras, principalmente para piano, entre las que sobresale la prodigiosa Iberia, pero también tres zarzuelas, cuatro óperas completas y otras tantas sin terminar, una pieza polifónica, un concierto y una rapsodia para piano y orquesta, dos suites sinfónicas, música incidental para recitados y hasta una treintena de canciones para voz y piano.
Entre diciembre de 1905 y enero de 1908, Isaac Albéniz culmina su obra más ambiciosa, Iberia, una colección de doce piezas, doce "impresiones" de España. Tal como quedó a su muerte, once piezas se refieren a Andalucía y una a Madrid. Pero la idea del compositor era recorrer toda la Península, incluido Portugal. Su prematura muerte se lo impidió.

Hoy nadie pone en duda que Iberia es la obra cumbre del músico español, en la que no solo materializa (si es que este verbo se puede utilizar al hablar de música) su deseo de hacer música de su país "con vistas a Europa", es decir, internacional sin renunciar a sus orígenes; demuestra además plenamente sus poderes técnicos y ambición estética con una escritura pianística trascendental y deslumbrante de luz, ritmo y color.
La estilización del elemento popular en Iberia es extraordinaria, como podemos apreciar ya en la jota surgida entre la niebla impresionista de ese nostálgico "quasi nocturno" de apertura llamado Evocación, o en las sevillanas de Rondeña, el tango "a lo chotis" de Lavapiés, la malagueña de Málaga, la soleá de Jerez o el zapateado de Eritaña.

Sin embargo hay tanto de invención en Iberia como de estilización de temas tradicionales. Una invención desbordante, exagerada, de una amplitud generosa, apasionada y fértil. La ornamentación de cada una de las piezas es impresionante, abrumadora para el intérprete, impulsado a cada momento por una pasión incontenible.
Triana pertenece al Segundo Cuaderno de Iberia y es una de las más divulgadas piezas de Albéniz. Evoca el barrio sevillano a través de una seguiriya bulliciosa y colorista, dentro de una estilización poética que no cae en el folclore tópico. Hay en toda la pieza una elegancia de fraseo y un señorío de la mejor ley.

Isaac Albéniz: Merlín

Merlin - Bjørn Waag
Arthur - Lars-Oliver Rühl
Morgan le Fay - Majken Bjerno
Mordred - Piotr Prochera
Nivian - Petra Schmidt
Gawain - William Saetre
Mordred - Piotr Prochera
Arzobispo de Canterbury - Dong-Won Seo

 
Musiktheater im Revier, Gelsenkirchen / Germany.
Neue Philharmonie Westfalen
Director - Heiko Mathias Förster
Director escénico - Roland Schwab
Decorados - Frank Fellmann
Vestuario - Renée Listerdal

Dentro de la producción de Albéniz para el teatro lírico, el aporte de mayor valor e importancia musical es Merlin. Se trata del primer título de la trilogía que con el título global de King Arthur escribió Francis Burdett Money-Coutts inspirándose en las leyendas del ciclo artúrico y que, según el contrato establecido entre ambos, habrían de ser convertidas en sendas óperas por Albéniz, a quien va dedicada (y muy expresivamente) la edición de los tres libretos que apareció impresa en 1897. Al año siguiente la ópera ya estaba compuesta en su primera redacción para canto y piano, y antes de finalizar 1898 ya había emprendido Albéniz el trabajo de orquestación. A pesar de las gestiones de compositor y libretista, no consiguieron su estreno inmediato, lo que permitió al compositor hacer una profunda revisión de la partitura, que quedó concluida definitivamente el 25 de abril de 1902.
Sólo el Preludio del acto primero llegó a los atriles, oyéndose por vez primera en Barcelona el 14 de noviembre de aquel aciago año de 1898, por la Associació Filarmònica bajo la dirección de Vincent d’Indy. Más tarde, Guy Ropartz, Mathieu Crickboom y el propio Albéniz también lo dirigieron en otras ocasiones y ciudades, pero la ópera como tal nunca llegó a representarse en vida de Albéniz. Apenas unas semanas después del éxito obtenido en Bruselas por Pepita Jiménez y San Antonio de la Florida, se celebró en esa ciudad una audición completa de Merlin que tuvo lugar el 13 de febrero de 1905, sin escena ni orquesta, en la residencia de la familia Tassel, traducida al francés por Maurice Kufferath y con el propio Albéniz al piano; pero el proyecto de llevarla al Théâtre de la Monnaie en la siguiente temporada no dio fruto.

A ello hay que añadir el dato de la representación escénica, en versión española de Manuel Conde, realizada por el Club de Fútbol Junior la noche del 18 de diciembre de 1950 en el Teatro-Cinema Tívoli de Barcelona (que esa noche tuvo que suspender la proyección de El padre de la novia, protagonizada por Elizabeth Taylor y Spencer Tracy). Más allá de las apariencias, lo verdaderamente esperpéntico del suceso no es que fuese protagonizado por un club de fútbol (a cuya «Sección escénica», dirigida por el infatigable Josep Sabater, hay que agradecer una humilde pero muy digna y meritísima labor operística, sostenida durante muchos años), sino que ésa fuera la única vez (y en una sola sesión) que tan singular obra ha subido a los escenarios desde la fecha de su composición, hace exactamente un siglo.
Con esta ópera Albéniz se sitúa en un plano de madurez como compositor dramático absolutamente distinto de cuanto de él podemos conocer a través de su obra pianística. El tratamiento orquestal revela una transformación formidable y asombrosa, que tiene su origen en los desiguales tanteos de los años ochenta, tutelados (y a veces algo más) por sus amigos Bretón y Arbós, y que se va fortaleciendo y madurando con las posteriores enseñanzas de Dukas, el estrecho contacto con Fauré y D’Indy y los consejos precisos de Paul Gilson, entre otros. Pero, sobre todo, se nutre de su propia y amplia experiencia como director de orquesta, ya ensayada en España con sus giras de zarzuelas y conciertos (en los que a veces también actuaba como solista) y luego decisivamente afianzada en sus temporadas londinenses de los primeros años noventa, donde compondrá, estrenará y dirigirá varias obras escénicas.