Enrique Baquerizo, Emilio
Sánchez, Damián del Castillo, María Rodríguez, María Rey-Joly, Mar Abascal,
Amelia Font, Sara Salado, María Mezcle, Santos Ariño, Ricardo García, Graciela
Moncloa, Didier Otaola, Sebastiá Peris, Gerardo Bullón, Xavi Montesinos, Ana
Goya, Encarna Piedrabuena, Carolina Rocha, Irene Caja, Joseba Pinela, Alicia
Martínez, Montse Peidro, Lorenzo Jiménez, Pepa Gracia y Juan Carlos Martín.
La
Verbena de la Paloma, pleno agosto madrileño, calor sofocante, escarceos
amorosos, un viejo boticario que sueña juveniles conquistas, "una morena y
una rubia...", modistillas que se dejan querer y celos, muchos celos, de
Julián con Susana... "¿Dónde vas con mantón de Manila...?"
Todo el
tipismo de un Madrid castizo, real o soñado, con un escenario que nos hace
sentirnos en pleno barrio de Lavapiés, o de La Latina... Un vestuario mimado,
ciñendo las cinturas femeninas, y estilizando a los varoniles chulapos que
silabean para darse importancia, como diciendo, ¡Aquí estoy yo! Para esta obra
cumbre del "Género Chico", esa luz que ilumina una partida de cartas,
a la puerta de la taberna, y esos faroles madrileños que pintan una noche de
Verbena de La Paloma.
No hay
número musical de esta obra que no sea inmediatamente reconocido por el
público, desde el preludio, hasta el famoso dúo de Julián y Susana, pasando por
las coplas de Don Hilarión y el concertante "Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad...".
Argumento
Es la
noche del 14 de agosto en Madrid y se celebra la verbena de la Virgen de La
Paloma. La señá Rita está preocupada por Julián, un joven que tiene problemas
amorosos pues esa misma mañana ha visto a su novia en un coche con otro hombre.
Don Hilarión se dispone a ir a la verbena con dos muchachas que conoce: Casta y
su hermana Susana, la novia de Julián. Por las calles de La Latina y tras
varios incidentes entre Julián y D. Hilarión por culpa de la muchacha, el
inspector tiene que intervenir para restablecer finalmente el orden y reanudar
el baile de la verbena.
La verbena de La Paloma, Sainete lírico en un acto, y en prosa, con
texto original de Ricardode la Vega
y música de Tomás Bretón, fue estrenada el 17 de febrero de 1894 en el Teatro
Apolo de Madrid.
Según
parece el argumento se basa en una historia real ocurrida al cajista de la
imprenta en donde Ricardo de la Vega imprimía sus obras y sitúa la historia de
amor y celos en los alrededores de la Fuentecilla en donde por lo visto había
un boticario verdadero, famoso por sus amoríos en una edad en que estaba ya
para retirarse. Con esos mimbre cuajó el autor un sainete “redondo”,
prácticamente no hace falta recordar un argumento que está en el alma de Madrid
máxime cuando en su título completo La
verbena de La Paloma o el boticario y las chulapas y celos mal reprimidos
se condensa todo y así, parafraseando a Salvador Valverde, “el primer título ‒La Verbena
de la Paloma‒ descubre su ambiente,
el segundo ‒El boticario y las chulapas‒ declara sus personajes,
y el tercero ‒Celos mal reprimidos‒ denuncia el asunto”. Siguiendo con Valverde, es
cierto que el magnífico costumbrista que era Ricardo de la Vega dio a Bretón,
personajes, tema y ambiente para trazar una partitura de carácter popular, “a
lo Chueca”, pero no es menos cierto que el prestigioso compositor de óperas,
los aprovechó en grado sumo, identificándose con ese pueblo altivo y señorial
que le servía de modelo y usando un lenguaje musical tocado de la emoción, la
gracia y la belleza. El músico sabio y preocupado de la técnica, el operista
que muchos consideraban “tedioso”, dio un mentís a sus enemigos, demostrándoles
que no era tan difícil hacer música fácil. Él la compuso fácil y pegadiza para
que el pueblo la cantase, pero sin hacer concesiones al mal gusto. No hay una
melodía en su obra que no exprese un sentimiento legítimo del pueblo. Todos los
diálogos y dúos de Julián con su madrina y consejera, la señá Rita, llevan el acento de la verdad, persuaden y conmueven hoy
como el primer día. Y para destacar lo mejor de la obra habría que detallar
todos sus números y hasta sus recitados sobre base musical como “el bueno está
la política” del sereno y los guardias, o la flamenquería de “en Chiclana me
crié” o los concertantes de coros y solistas, pero no se puede por menos que
señalar el preludio como anunciador y aglutinante de la obra, las seguidillas
“por ser la Virgen de la Paloma” auténtico himno de Madrid, la habanera “Donde
vas con mantón de Manila”, el quejío
de Julián consolado por la señá Rita
“También la gente del pueblo” o el dúo entre ambos “Ya estás frente a la casa”
y que decir del “tiene razón Don Sebastián” de Don Hilarión seguido de sus
celebérrimas coplas “Una morena y una rubia”.
En el Foro Nueva Zarzuela el 27 de abril de 2006 Juan José Rodríguez de los
Ríos escribió lo siguiente sobre esta zarzuela “La música de La verbena de La Paloma es de lo más
inspirado con que cuenta el género chico, aunque el propio Bretón al colocarse
en el foso del Apolo la noche del estreno, comentó en voz baja con notable
preocupación: "Me parece que en esta ocasión me he equivocado". Y no
es que extrañe su comentario, porque don Tomás había criticado el género de
forma despiadada en cuanta ocasión creía oportuna, como uno de los males de la
música española de su tiempo. Lo bueno, aún en contra de sus principios, es que
Bretón nos legó una partitura tan bien estructurada; verdadero goce del oyente
o espectador. El preludio da comienzo con un "presto" del tema del
dúo entre Julián y Susana: "¿Dónde vas con mantón de Manila?"; luego
le siguen otros temas de la zarzuela, hasta que se retoma el principal para
finalizarlo con alguna influencia de Rossini. Alegre es la música del diálogo
entre don Hilarión y don Sebastián, que cambia radicalmente cuando intervienen
Julián y la Señá Rita, que cuenta con un acompañamiento armonizado muy
ricamente. Toda la impotencia causada por los celos de la mujer amada está
resuelta de forma magistral por el salmantino, cuando el barítono dice
"También la gente del pueblo tiene su corazoncito" y que decir del
concertante, en que cada grupo refleja sus propios sentimientos: excepcional.
El tema de las seguidillas, cantado por el coro, es vivaracho y alegre; tan
popular que asombra en su elegante factura. El monólogo de don Hilarión está
concebido -como todos los números de esta joya musical- con un derroche de
ingenio en la instrumentación del mismo. De complejo puede denominarse el
preludio del siguiente número musical, al que sigue un piano iniciando unas
soleares con "cantaora" incluida, que culmina el coro con un tema
festivo, culminado por unos compases a gran orquesta. El nocturno con la escena
del sereno, los guardias; la estupenda noche que espera don Hilarión; las dos
chulapas, etc. resulta tan descriptivo que sobran palabras para ensalzarlo. La
culminación de la obra la logra el famosísimo dúo entre los enamorados,
aderezado con el complejo concertante en el que se escucha el tema central de
la habanera. Según mi opinión, la orquestación de esta obra es muy superior a
las que acostumbra el género chico. La gran versión discográfica, también según
mi opinión, es la dirigida por Argenta, aunque Césari -en la de Moreno Torroba-
seduce por su expresividad, tan matizada como la mayoría de personajes que ha
encarnado en disco.
Curiosamente
esta obra antes de su estreno ya causaba expectación por la fama de sus autores
y por los avatares que sufrió, es más esa expectación pudo tener algo de mala
conciencia en algunos críticos que auguraban un fracaso por atreverse con el
género chico un “clásico”, con alguna fama de “plasta”. Según la versión más
plausible (Marciano Zurita en “Historia del género chico” que recoge Juan Arnau
en su “Historia de la Zarzuela”, el libreto se había ofrecido a Chapí que lo
musicó, pero de forma “rozagante y belicosa que se daba de cachetes con el
madrileñismo de los tipos creados por Ricardo de la Vega, este, enfadado, le
retiró el libreto que terminó en manos de Bretón porque tampoco lo quiso Chueca
para no disgustar al “chiquet de Villena”. La música ya compuesta para La verbena de La Paloma se utilizó luego
en El tambor de Granaderos, también
extraordinaria pieza pero radicalmente distinta de la que nos ocupa. Recoge
Arnau en la obra precitada que Ricardo de la Vega gran amigo de Barbieri le
comentaba las aventuras de su libreto y cuando el músico se enteró de que lo
entregó a Bretón le dijo “¡Pero Ricardito! ¡Bretón musicando un sainete! ¡Vaya
por Dios! ¡Música sabia en un sainete tuyo! Nada, nada Bretón no tié ropa.”
Igualmente relata la conversación de ambos el día 18, el siguiente al estreno y
el anterior a la muerte de Barbieri: “¿Qué tal anoche, Ricardito? ¡Una
apoteosis, maestro! Algo inaudito, increíble. Estamos asustados. Pero....¿La
música también? ¡La música, la música! Es formidable, magnífica, un modelo de
ambiente, de madrileñismo. No cabe más. Pues hijo, con el alma me alegro, pero
nunca lo hubiera creído; porque ya sabes: para mí, Bretón, no tié ropa”. Tras
el estreno Bretón fue acompañado a su casa por gran parte del público que había
asistido a la función y que no dejaba de aclamarle. Desde entonces, siglo y
pico después, no ha disminuido un ápice su estima y su popularidad, y eso que
se ha prodigado en múltiples versiones discográficas e incluso cinematográficas
y en producciones más o menos respetuosas como la de Bernardo Sánchez para el
Teatro de la Zarzuela y que mereció el artículo “No era la Verbena” de José
Prieto Marugán en Opus Música, siendo aplicable el cuento a otras producciones,
como la de Bieito, porque una cosa es adaptarse a los tiempos y otra destrozar
la naturaleza de una obra, esa adaptación se puede realizar en ambos sentidos,
pues si la montaña no viene a Mahoma es decir si La verbena de La Paloma no se incrusta en el año 2007, Mahoma puede
ir a la montaña, o sea el espectador de 2007 es el que más o menos
conscientemente puede hacer esa traslación. El teatro sabe mucho de “lugares
entendidos”, y así el espectador no ignora que la acción de los tres actos de
una comedia no transcurren en hora y media ni que Adolfo Marsillach no es
Tartufo, pero hace intelectualmente una adaptación automática y natural y no
pasa nada, no hay que cargarse “el espíritu de la Ley”.