sábado, 13 de junio de 2015

My fair lady, film de George Cukor (1964)


Título original: My Fair Lady.
Año: 1964.
Duración: 170 min.
País: Estados Unidos.
Director: George Cukor.
Guión: Alan Jay Lerner, sobre “Pigmalión”, de George Bernard Shaw.
Música: Frederick Loewe.
Fotografía: Harry Stradling.
Productora: Warner Bros. Pictures; Productor: Jack L. Warner.
Reparto: Audrey Hepburn, Rex Harrison, Stanley Holloway, Wilfrid Hyde-White, Gladys Cooper, Jeremy Brett, Theodore Bikel.

Sinopsis: Versión cinematográfica del mito de Pigmalión, inspirada en la obra teatral homónima del escritor irlandés G.B. Shaw (1856-1950).
En una lluviosa noche de 1912, el excéntrico y snob lingüista Henry Higgins conoce a Eliza Doolittle, una harapienta y ordinaria vendedora de violetas. El vulgar lenguaje de la florista despierta tanto su interés que hace una arriesgada apuesta con su amigo el coronel Pickering: se compromete a enseñarle a hablar correctamente el inglés y a hacerla pasar por una dama de la alta sociedad en un plazo de seis meses.

Comentarios:

El Pigmalión de Shaw es un célebre fonetista londinense que se aplica a convertir a una vulgar y malhablada florista callejera en una dama capaz de pasar por duquesa en una recepción diplomática, mediante el expediente de enseñarle a hablar correctamente. En las alternativas de esa educación —que es también una éducation sentimentale— el comediógrafo encontró un camino admirable para cumplir con sus fines, que eran como siempre los de fustigar a la sociedad en que le tocó vivir y crear. Así, en las entrelíneas de un diálogo siempre chispeante, Shaw expande su sátira a lo superficial y espurio de las distinciones de clase y se solaza en subvertir las diferencias sociales, mostrando que lo que separa a una florista de una duquesa es el vestido y la pronunciación, y que una se diferencia de la otra "no por cómo se comporta sino por cómo es tratada". Aunque como en anteriores ocasiones todos los personajes representan algo, tanto Elisa como el profesor Higgins y tanto el coronel Pickering como Doolittle son criaturas de enorme encarnadura dramática y sus réplicas son fuente de deleite permanente para el espectador o el lector, en especial las de ese filósofo popular que es Doolittle, con su afirmación —que Shaw hace suya— de que la moral es cosa de ricos. Una opinión que (no tan extrañamente si se toma en cuenta que el dramaturgo alemán fue un ferviente shawiano) reaparece en Brecht con su famoso "Dennos el pan, y luego la moral".
Molesto por la recepción que algunas de sus obras inmediatamente anteriores habían tenido en Inglaterra, Shaw hizo arreglos para que Pigmalión se estrenase en Viena, donde fue presentada por primera vez el 16 de octubre de 1913, ofreciéndose quince días después en Berlín. El estreno londinense tuvo lugar el 11 de abril del año siguiente, y corrió por cuenta de dos ilustres intérpretes de la época, Mrs. Patrick Campbell (en cuya larga correspondencia con Shaw se basó Jerome Kilty para armar su exitosa pieza Querido mentiroso) y Sir Herbert Beerbohm Tree. En su discurso, al término de la triunfal función inaugural, este último anunció que "el autor se sintió tan molesto ante los encendidos y reiterados aplausos que no pudo soportarlos más y huyó del teatro, visiblemente indignado". Evidentemente, Shaw no vacilaba siquiera en insultar al público con tal de hacerse notar.

Pigmalión tuvo más tarde intérpretes prestigiosos y/o populares como las anglonorteamericanas Gertrude Lawrence, Lynn Fontanne, Raymond Massey y Alfred Lunt, y la española Catalina Barcena. En 1939, luego de interminables cabildeos, el director Gabriel Pascal logró que Shaw, enemigo acérrimo del séptimo arte, accediera a una adaptación cinematográfica de la obra. Interpretada por Leslie Howard y Wendy Hiller, la película fue un gran éxito artístico y contribuyó decisivamente a la difusión popular del nombre de Shaw. Más aún, sin embargo, lo hizo la comedia musical que en 1956 escribieron el libretista Alan Jay Lerner y el compositor Frederick Loewe con el título de My Fair Lady (Mi bella dama). Estrenada en Nueva York por Julie Andrews y Rex Harrison, el musical, que llegaría a dar la vuelta al mundo, pareció un modelo de fidelidad al original y por lo tanto un dechado de gracia intencionada. Shaw, el crítico demoledor, el sempiterno iconoclasta, hubiera estado conforme.

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