martes, 17 de febrero de 2015

G. Mahler: Sinfonía nº 5 en Do sostenido menor


Orquesta del Festival de Lucerna
Claudio Abbado director
La Quinta Sinfonía de Gustav Mahler inicia una nueva etapa (formada por la Quinta, Sexta  y Séptima sinfonías) en la que el compositor, tras haber explorado la fusión del lenguaje sinfónico con el del lied en su Segunda, Tercera y Cuarta sinfonías, y haberse apoyado para estas obras en un programa, con la Quinta (y más tarde con la Sexta y la Séptima), su música se desnuda y se vuelve autosuficiente, y explorará el sinfonismo hasta agotar toda posibilidad de superación formal (el Finale de la sexta ha sido estudiado como un canto del cisne de la forma sonata-sinfonía) o introspectiva. La Séptima reveló a Schoenberg −el fundador de la Segunda Escuela de Viena y padre del atonalismo− la incipiente disgregación de la música tonal, que para el pupilo de Mahler, había ejercido de corsé en toda la creación musical hasta el presente. Así, ante esta cima creadora que había alcanzado Mahler, y el éxito de la que sería su sinfonía más ambiciosa, y que funcionaría como un compendio de las precedentes, su Octava Sinfonía, al agotado compositor, tras sufrir los tres golpes del destino que vaticinó en su Sexta Sinfonía (le diagnosticaron una enfermedad cardiaca irreversible, su hija acaba de morir de difteria, y tuvo que renunciar al cargo de director titular de la ópera de Viena), no queda más remedio que dar un giro en su universo creador, volviéndose introspectivo, místico y metafísico. Sus tres obras siguientes: La canción de la tierra (que no tituló Novena Sinfonía por la superstición de que ninguno de los compositores "vieneses" precedentes, Beethoven, Schubert, Bruckner, había compuesto una décima), La Novena, y el esbozo de la Décima, son páginas de un arrebatado lirismo autobiográfico. Las partituras de la Décima están plagadas de alusiones a Alma, tras la redención que supuso la terapia de emergencia que le realizó Sigmund Freud, y que le sirvió para reconocer el abandono megalómano a que había sometido a su esposa durante toda la vida.
La Quinta Sinfonía, si bien carente de programa, está estructurada en tres partes, definidas por el compositor llanamente así: Erste Abteilung, Zweite Abteilung, Dritte Abteilung (Primera parte, Segunda parte, Tercera parte). La primera parte contiene los movimientos primero (definido por el compositor como Trauermarsch, marcha fúnebre) y segundo (Sturmisch bewegt, violentamente agitado). La segunda parte, el tercer movimiento (Scherzo). Y la tercera, el cuarto (el famoso Adagietto) y el quinto (Rondó) movimientos.
Mahler prescinde de las indicaciones de tempo que tradicionalmente se colocan al comienzo de cada movimiento (por ejemplo, andante, vivace, lento...) y prefiere expresar el sentido que debe tener el movimiento, dejando a cada director la libertad y responsabilidad de interpretar la música al tempo que cada uno considere necesario para alcanzar el sentimiento que él, ahora sí, detalla meticulosamente con palabras. Hasta Mahler -y sobre todo en el periodo romántico- los compositores habían tratado de ejercer un control tiránico sobre su universo construido, donde la única visión válida de la obra era la suya propia. Mahler va más allá, y consciente de que las diferentes lecturas, por mucho control del tempo que se quiera pretender, producen resultados distintos, prefiere dejar cierta libertad al director e indicar únicamente el sentido profundo que la obra debe transmitir. Mahler era consciente de que a principios de siglo los tiempos estaban cambiando, y que la música no podía ser ajena a estos cambios. Célebre es el comentario que le dio a Otto Klemperer, uno de los directores de orquesta (junto a Bruno Walter) que conocieron al compositor y han dejado un importantísimo legado discográfico, cuando le dijo: "Si a mi muerte hay algo en mis sinfonías que no le gusta, cámbielo". Inconcebibles serían estas palabras en Beethoven o Brahms.
Empieza la Trauermarch (primer movimiento), con las mismas cuatro notas con las que Beethoven inicia la Quinta Sinfonía, pero en orden distinto. Así Mahler rinde tributo y reconocimiento al genio de Bonn. El movimiento se desarrolla como una sucesión abrupta de contrastes irreconciliables, que precisamente necesitan del siguiente movimiento para ordenarse.
El segundo movimiento, Sturmisch bewegt (violentamente agitado) desarrolla el material precedente, homogeneizándolo y restaurando el equilibrio.
En el Scherzo del tercer movimiento se dan la mano el vals y el landler, una danza folclórica alpina que los campesinos bailaban con zuecos (de ahí su carácter pesado y monótono).
El Adagietto del cuarto movimiento es algo aislado del desarrollo temático precedente y sin continuidad en el posterior, como una isla en medio del océano. Mediante una glosa de su lied "Me he retirado del mundo" y otra del "Tristán" wagneriano, Mahler escribe esta carta de amor a Alma, su esposa, expresándole, en una lectura más profunda, sus temores y contradicciones.
El Finale es una demostración del dominio de Mahler en el contrapunto y la fuga, pilares de la armonía clásica, y de los que Bach se había mostrado como genio indiscutible, testigo que más tarde recogería Beethoven, tras haber pasado por las manos de Mozart. ¿Sería por eso por lo que las últimas palabras de Gustav Mahler antes morir fueron precisamente esas? Mientras levantaba un dedo queriendo dirigir una orquesta imaginaria exclamó "¡Mozart!".

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