jueves, 19 de febrero de 2015

G. Rossini: Guillermo Tell, obertura

Orquesta Filarmónica de Berlín
Herbert von Karajan, director
 
La historia épica del escritor alemán Schiller constituyó la base para la que iba a ser la última ópera de Gioachino Rossini. En ella demostró que, además de componer óperas cómicas ―bufas―, también era capaz de escribir una Gran Ópera Histórica. Conviene precisar que el libretista Víctor Joseph Étienne ―bajo el pseudónimo de De Jouy― modificó la leyenda fundacional de Suiza y la del héroe Guillermo Tell en función de los gustos operísticos del pueblo francés.
La ópera, escrita entre los años 1828 y 1829 en París, a lo largo de cinco meses, fue estrenada en lengua francesa. Guillaume Tell contentaba las exigencias del público operístico parisino, deseoso siempre que eminentes compositores mostrasen representaciones grandilocuentes, con cuatro o cinco actos y la presencia obligada de ballet. El tema de trasfondo histórico de Guillermo Tell era el apropiado para la época: tiempos de luchas patrióticas en aras de la libertad.
La trama argumental precisa de muchos personajes que configuran una historia larga y compleja. Amén del conocidísimo momento en el cual Guillermo Tell hace honor a la fama de su precisa puntería, disparando a la manzana que su hijo mantiene sobre su cabeza, se inserta la historia amorosa entre un joven suizo y una princesa austriaca, dos nacionalidades en conflicto.
Los coros que dan vida a la voz del pueblo helvético y los coros masculinos de los soldados rebeldes, poseen una importancia primordial en los cuatro actos de la ópera.
Las danzas, las dudas entre ambos amantes y el jefe de la resistencia helvética, las valientes acciones de Guillermo Tell... mantienen constante la atención del público en una obra de cuatro horas de duración, descontados los intermedios.
Guillermo Tell es un drama romántico con un lenguaje elevado y épico, que denota la madurez compositiva de Rossini. La alusión histórica no debe entenderse como un culto al héroe individualizado, sino como un reto colectivo. El nacionalismo que transmiten los coros a lo largo de la ópera es la respuesta a una dura y constante agresión. Conceptos como revuelta, lucha o triunfo, poseen un significado inequívoco: el compromiso colectivo contra el invasor. En este sentido cabe destacar los cantos finales de los actos segundo y tercero, dedicados a ensalzar la libertad. Sin duda, debieron agradar al público francés de la época, aunque debieron ser sospechosos al monarca Carlos X, quien había contratado a Rossini para permanecer en París y escribir diez óperas.
Guillermo Tell fue estrenada el 3 de agosto de 1829 con un gran éxito de público asistente que ovacionó la obra. Durante unos años se mantuvo en cartelera, pero comenzó a tener dificultades para seleccionar los cantantes idóneos, sobre todo para el papel de Arnold, que requiere un tenor de registro muy agudo.
Años más tarde, se puso “de moda” en París representar, en una misma velada, fragmentos populares de diversas óperas. El segundo acto de Guillermo Tell era representado a menudo. Muy rara vez se ejecutó la ópera íntegramente. Cuando hacia el final de la vida de Rossini se le comunicó que iba a representarse el segundo acto de Guillermo Tell, con la ironía que le caracterizaba contestó: ¿De verdad? ¿El segundo acto entero?
Ésta fue la última ópera escrita por Rossini. Es difícil entender por qué dejó de componer en plena juventud. Superó en 40 largos años de vida a su postrera obra. Se desconocen los motivos de su decisión. Quizá había acumulado ya, a sus 37 años, suficiente fama y riqueza para retirarse de la creación operística o también pudiera ser que se tratase de motivos de salud. También, sin duda, los cambios que se estaban gestando en el mundo de la ópera en Francia, Italia y Alemania le inducían a aceptar que la época belcantista estaba tocando a su fin.
Puede afirmarse que Guillermo Tell es una ópera internacional: la melodía es italiana, la prosodia está bien adaptada a la lengua francesa y el argumento narra la fundación de la nación suiza. Su duración y su dificultad vocal la han alejado, en ocasiones, de las programaciones operísticas.
La obertura se ha convertido en una de las piezas más interpretadas de todas las épocas. Está articulada en cuatro movimientos contrastados: lento (0:20), rápido (2:55), lento (5:40) y rápido (8:30). En la primera parte lenta, el violonchelo es el indudable protagonista, interpretando una melodía de gran belleza expresiva. En la segunda, más rápida, la orquesta va despertándose misteriosamente hasta culminar en un crescendo – tutti electrizante, que podría asociarse al paisaje sonoro de una tormenta; una de aquellas que Rossini gustaba incluir en sus obras. La tercera parte, lenta, contiene el diálogo entre un corno inglés y una flauta travesera. (Didáctico ejemplo para discriminar las diferencias tímbricas de ambos instrumentos.) La parte final de la obertura, la más conocida y popular, es una explosión de alegría con trepidantes destellos rítmicos.

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