sábado, 9 de febrero de 2013

Joseph Haydn: Sinfonía nº 83 en Sol menor "La Gallina"

Filarmonía de Cámara de Frankfurt
Noam Zur, director

La sinfonía nº 83 sigue la forma estándar de cuatro movimientos y está compuesta para flauta, dos oboes, dos fagotes, dos trompas, bajo continuo (clavecín) y sección de cuerdas.
1. Allegro spiritoso, 4/4 en Sol menor
2. Andante, 3/4 en Mi bemol mayor
3. Menuetto: Allegretto - Trio, 3/4 en Sol mayor
4. Finale: Vivace, 12/8 en Sol mayor

Es la segunda de las llamadas Sinfonías de París, compuesta por Joseph Haydn en 1785 y publicada por Artaria en Viena en diciembre de 1787. Es popularmente conocida como Sinfonía de “La Gallina” (en francés: La poule) por un pasaje de notas repetidas a cargo del oboe. El primer movimiento comienza con gran dramatismo, y sin embargo, la incertidumbre, lo inesperado, ocurre: un efecto parecido al cacareo de una gallina que se aprecia en el segundo tema.

Sin duda alguna uno de los creadores más grandes de todos los tiempos, Joseph Haydn (1732-1809) pertenece al selecto grupo de compositores que destacan por su extraordinaria inventiva y radical originalidad, cualidades que emparentan su figura con autores como Pérotin, Monteverdi, Musorgski, Wagner, Debussy, Ives, Stravinski, Schoenberg o Ligeti; y ello con el poder visionario y la imaginación en estado puro del verdadero inventor, de quien –sujeto al productivo aislamiento de Esterházy y para decirlo con sus propias palabras– tenía a la fuerza que ser original.
El extraordinario relieve histórico y vigencia de su legado ratifican su condición de clásico en el sentido que Italo Calvino concedía a este término, de acuerdo con el cual clásica es aquella obra –en el campo artístico de que se trate– que no termina nunca de decir todo lo que tiene que decir. Prueba de la actualidad creciente de la música de Haydn, al que poco a poco se le va reconociendo la talla –de primera magnitud– que le corresponde es la abundancia de libros y trabajos consagrados a alguna vertiente de su legado; la obra vocal, en particular y con Webster a la cabeza, ha sido objeto estos últimos años de una enorme revalorización, atendiendo a su importancia, tanto cuantitativa como cualitativa, desde el delicioso registro buffo de algunas de sus óperas a la grandiosidad sin parangón de las últimas misas, sin olvidar realizaciones del fuste de sus óperas serias –injustamente olvidadas– o los grandes oratorios. Auténtico eje neurálgico de la consolidación de la música instrumental moderna y las técnicas del trabajo motívico, que él condujo a su grado más elevado de desarrollo, estableciendo el marco mismo de posibilidades del discurso musical autónomo, pero sobresaliendo igualmente en la escritura vocal, tanto en el campo sagrado como en el profano, conviven en la producción de Haydn, en amplísimo abanico de implicaciones técnicas y estilísticas, audacia formal, intensidad emocional, exaltación Sturm und Drang y joie de vivre, estilos popular y elevado, humor rebosante de ingenio y representación del sublime (tan bien reconocida por su audiencia londinense), economía constructiva y promiscuidad de tópicos que lo convierten en precursor avant la lettre de la mirada periférica –de lo particular a lo universal– y el mestizaje cultural. Integrando todo ello una totalidad dinámica y equilibrada que le granjeó la admiración sin reservas de Goethe, quien reconoció en su amalgama única de ingenuidad e ironía la mejor personificación del genio, para erigirse, en su incitación permanente y por igual a la inteligencia y a la sensibilidad de sus oyentes, el más egregio paradigma del creador ilustrado.

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