sábado, 1 de diciembre de 2012

Franz Schubert: Octeto en Fa mayor D 803


Franz Schubert (1797-1828)
Octeto en Fa mayor, D 803
(III. Allegro vivace)
The New Israeli Ensemble: Ron Selka- Clarinete; Gad Lederman- Fagot; Yoel Abadi- Trompa; Yevgenia Pikovsky, Yelena Tishin-Violines; Dmitry Ratush- Viola; Kirill Mihanovsky- Violonchelo; Nir Comforty- Contrabajo
 
Como obras similares de Spohr, Hummel entre otros, el irresistible Octeto de Schubert es un rebrote tardío de las serenatas para instrumentos de viento mezclados con cuerdas que estaban de moda en el siglo XVIII. Debemos su existencia al conde Ferdinand Troyer, un talentoso clarinetista aficionado, mayordomo principal en la corte del Archiduque Rodolfo, discípulo y amigo de Bethoven, quien propuso a Schubert que escribiera algo similar al Septeto beethoveniano. Schubert añadió un segundo violín al conjunto de clarinete, fagot, trompa, violín, viola, violonchelo y contrabajo, y siguió el plan general del maestro de Bonn (seis movimientos que distribuyó de manera idéntica: los extremos con una lenta introducción, más un scherzo y un minueto entre los que insertó unas variaciones sobre un tema popular).
Tras una visita al músico, el pintor Moritz von Schwind escribió al amigo común Franz von Schober: “Schubert está trabajando en un octeto con gran entusiasmo. Si lo visitas, te saluda y continúa en lo suyo sin hacerte caso”. Las primeras interpretaciones fueron privadas (en casa de Anton Freiherr, un noble vienés con algunos de los intérpretes habían estrenado el Septeto de Bethoven veinticinco años antes, incluido el clarinete de Troyer, y en casa de Lachner, el colega de Johann Strauss) y finalmente vio la luz pública en la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena en abril de 1827.
Con su entusiasmo melódico y rítmico y la caleidoscópica variedad de colores, el Octeto, como las grandes serenatas para viento de Mozart, eleva al más alto nivel el hedonístico espíritu de los divertimentos de finales del XVIII. La orquestación es continuamente inventiva: unas veces, especialmente en los movimientos extremos y en el Scherzo, Schubert usa el grupo como una pequeña orquesta con dos violines en octava y bruscos contrastes entre las sonoridades a solo o los ‘tutti’; otras, especialmente en el Adagio y el Minueto, los colores de la cuerda y los vientos se elaboran con la finura de la auténtica música de cámara. Si el Octeto, cumpliendo sus orígenes del ‘divertimento’, es fundamentalmente genial y relajante, el trabajo se completa con una cierta añoranza y el desvanecimiento de la belleza que preside la última música de Schubert. 

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