sábado, 27 de abril de 2013

Antonio Vivaldi: "La primavera", de "Las cuatro estaciones"

Julia Fischer, Violín
Orquesta de la Academy in-the-Fields

Al hablar de Vivaldi y de su obra resulta imposible no mencionar Venecia, la rica y opulenta ciudad, entre cuyos canales y palacios creció y se asentó la fama del “prete rosso”, nombre con el que popularmente se le conocía, debido a su condición de sacerdote y al color rojizo de su pelo. La Venecia de finales del siglo XVII está en trance de perder su poderío y su riqueza, por la competencia de otras ciudades rivales, política y económicamente amenazada por Austria y por el Imperio Turco, pero en ella todavía se respira un aire de lujo y suntuosidad, lleno de contrastes entre la frivolidad y la gravedad, lo sagrado y lo profano, la modernidad y lo decadente. Todavía sigue siendo la meta de artistas y músicos, fascinados por su leyenda y nombre. En sus iglesias, palacios y plazas resuenan las músicas de muchos y excelentes compositores: Antonio Lotti, organista de San Marcos, Tommaso Albinoni y Benedetto Marcello, alumnos suyos, Francesco Gasparini, originario de Lucca pero asentado en la ciudad de los canales, y Antonio Caldara. Y, por supuesto, de Antonio Vivaldi, el hijo de un modesto panadero, que se convertirá en el músico de moda, no sólo de la ciudad, sino de buena parte de Italia, y cuya música será objeto de estudio y revisión incluso del gran Johann Sebastian Bach.

En 1725 Vivaldi compone Il cimento dell’armonia e dell’invenzione (La lucha de la armonía <razón> y de la invención <imaginación>), la recopilación de doce conciertos para violín, entre los que se encuentran Las cuatro estaciones, cuatro conciertos de los más populares del repertorio.
Las imitaciones musicales de la naturaleza no eran infrecuentes en la época de Vivaldi y durante el barroco muchos serían los compositores que recurrirían al tema, en su afán de sorprender y encantar al público, pero el suyo no es simplemente un descriptivismo musical o un catálogo de los sonidos de la naturaleza reducidos a imitación por medio de los instrumentos. Es una reflexión, más bien, sobre los sentimientos e impresiones que nos causa la naturaleza. Más que descriptivos, se podría calificar a estos conciertos como impresionistas y han sido considerados como los antecedentes del poema sinfónico.
Los cuatro son conciertos en tres movimientos, “a la italiana” (un movimiento lento entre dos rápidos), para orquesta de cuerda (violines primeros y segundos, violas y bajos), clavicémbalo y violín solista (papel este que se reservó el propio compositor) y, como es bien sabido, cada uno de ellos va precedido de un soneto alusivo a una estación del año, de difícil atribución (algunos estudiosos del tema opinan que fueron escritos por el propio Vivaldi, lo que llevaría a la interesante discusión de qué habría sido escrito primero, si los poemas o los conciertos). Precediendo algunos versos, aparecen unas letras mayúsculas que sirven de referencia al contenido de la partitura y que, llevadas al texto musical, darían el significado de un pasaje concreto. El conjunto instrumental y el violín solista parecen repartirse los papeles: mientras la orquesta crea el ambiente, la atmósfera (como el “leitmotiv” del primer concierto dedicado a la primavera, el aire lánguido y caluroso del verano, una tempestad, la danza de los pastores, la siesta, etc.), el violín describe los detalles (el canto del cuco o el jilguero, el de los campesinos o el viento) aunque este esquema no es tan rígido, ya que, en ocasiones, es el solista el que crea la escena (una tormenta, por ejemplo) y es al conjunto al que se le encomiendan las evocaciones de animales u hombres en una situación dada (los moscardones, los ladridos de los perros, los relámpagos).
 
Aplica, pues, el principio barroco del simbolismo musical, propio de las obras vocales. El concierto se estructura sobre la base de un diálogo contrastante entre el tutti y el concertino, estructura en la que está integrado el ritornello, el tema que interpreta el tutti y que se repite entre las intervenciones del concertino o solista, que introduce variaciones o material sonoro nuevo. Estas intervenciones solísticas requieren un virtuoso, ya que están llenas de trinos, adornos, escalas, etc. En el primer movimiento (rápido) la orquesta introduce dos ritornellos que describen la llegada de la primavera, y que se repetirán a lo largo del movimiento, entre los que se intercalan las apariciones del solista, que describe el canto de los pájaros o los relámpagos de la tormenta. Esta ha sido presentada por medio del ritornello pero en modo menor. Cuando éste vuelve al modo mayor representa la aparición del sol tras la tempestad. En el segundo movimiento (lento) el bajo, representado por la viola, imita la respiración del perro, mientras los violines presentan un tema lánguido que recuerda la siesta del pastor. El último movimiento (rápido) representa todo él el baile de los pastores y las ninfas. Aquí aparece un bajo en forma de bordón, muy típico de los bailes populares.  

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