lunes, 1 de abril de 2013

Jules Massenet: Meditación, de "Thais"

Janine Jansen, violín
Orquesta Filarmónica de Berlín
Neeme Järvi, director

El compositor francés Jules Massenet (1842-1912) no es uno de esos autores imprescindibles para la música universal, pero compuso bellas obras que si bien no nos dejan con la sensación de haber escuchado algo maravilloso, podemos perfectamente ser cautivados con la simple belleza que emana de ellas. Massenet utilizó con bastante frecuencia el leitmotiv wagneriano, pero expresado de una forma melódica más bien sencilla.
Las óperas francesas del siglo XIX están llenas de bellas melodías, hasta cierto punto pegadizas, y para algunos,  machaconas. Es digno de aprecio en tales obras el balance entre los cantantes y la orquesta, sin que ésta última salga perjudicada, como ocurre en la música italiana del siglo XIX, fundamentalmente en la ópera belcantista. Allí los cantantes se lucen en detrimento de la armonía entre discurso y acompañamiento, recurriendo muy a menudo a fatuos alardes vocales que ponen de pie al público, pero no alteran nuestro mundo emocional en lo más mínimo.
Thaïs, ópera con libreto de Louis Gallet y basada en la novela homónima de Anatole France, se estrenó en el "Teatro de la ópera de París" el 16 de Marzo de 1894. En el segundo acto aparece una destacada pieza para el violín, que suele ser interpretada muy a menudo como obra independiente. Se trata de la célebre “Meditación”.
El argumento de la ópera narra cómo el monje cenobita Atanael lucha por convertir al cristianismo a la cortesana Thaïs. Aunque ella trata de seducirlo, Atanael se mantiene inquebrantable en su fe, hasta que por fin consigue la conversión de la joven. El monje se separa de Thaïs tras dejarla en un monasterio, pero comienza a extrañarla, a necesitar a la hasta ayer cortesana junto a él.
Pasa el tiempo, pero Atanael no deja de ser acosado por la belleza de Thaïs. Una noche en que sueña con la joven la ve moribunda y despierta sobresaltado, para correr de inmediato al monasterio donde la dejara tiempo atrás, encontrándola efectivamente al borde de la muerte. Al verlo Thaïs le agradece su conversión, pero el monje solo le ruega que corresponda a su amor, confesándole que arde en deseos por ella. Thaïs no lo escucha. Cae en un profundo éxtasis hasta que por fin le llega la muerte. Atanael pierde así tanto el objeto de su amor terrenal como también su alma.

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