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domingo, 26 de junio de 2016

N. Rimski-Kórsakoff (arr. S. Rajmáninoff): El vuelo del moscardón

Yuja wang, piano

El vuelo del moscardón es un interludio orquestal escrito por Nikolái Rimski-Kórsakoff para su ópera El cuento del zar Saltán, compuesta entre 1899 y 1900. La pieza es reconocible por su frenético ritmo, con muchos pasajes de semicorcheas cromáticas. En la versión pianística, el problema interpretativo no es tanto la altura o el rango de las notas que se tocan, sino simplemente la habilidad de moverse con suficiente rapidez por el teclado.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Nikolái Rimski-Kórsakoff: Scheherezade, op. 35

Orquesta Filarmónica de Viena
Valery Gergiev, director

Scheherezade es una suite orquestal de 1888, inspirada en Las mil y una noches. Consta de cuatro movimientos: El mar y el barco de Simbad, El cuento del príncipe Kalender, El joven príncipe y la joven princesa y el último movimiento en el que se suceden el Festival de Bagdad, El mar y El barco se estrella contra las rocas. Existen dos temas musicales principales: el muy vigoroso que correspoade el sultán y el tierno solo de violín de Scheherezade. La plantilla orquestal se compone de dos flautas, flautín, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, arpa, timbales, batería y cuerdas.

El tema musical que inicia el primer movimiento representa supuestamente al dominante sultán Schahriar; este tema está construido con cuatro notas de la escala de tonos enteros descendente. Pero pronto (después de unos pocos acordes en los maderas reminiscentes del inicio de la obertura Sueño de una Noche de Verano de Felix Mendelssohn), se escucha otro de los temas que aparece en cada movimiento; éste representaría a la narradora de la historia misma, Scheherazade, la esposa del sultán, que logra el éxito al conmoverlo con sus historias. Es una melodía arrebatadora y sensual en un solo de violín, acompañada por el arpa. Ambos temas, en cierto modo son tratados como leitmotiven.
Scheherezade, la partitura más popular e importante de Rimski-Kórsakoff es una alfombra mágica que nos transporta al mundo de Las mil y una noches y sus viejas historias orientales de tradición oral (Alí Babá, las aventuras de Simbad, y similares), en parte difundidas por Europa gracias a las populares traducciones de Richard Burton. Es una preciosa pieza, una fiesta para los propios músicos de la orquesta que gozan de numerosas oportunidades de intervención. Su vitalidad, el poder de atracción de sus melodías y su formidable orquestación son impresionantes. Fue estrenada en San Petersburgo en 1889 y aunque su autor no quería ceñirse a un programa muy definido, hay títulos que evidencian episodios de mares, príncipes, fiestas y hasta el naufragio del barco que se estrella sobre las rocas. Existen unas notas unidas a la partitura en las que se pueden leer detalles sobre el contenido general. El compositor explicaba que el sultán Schahriar, convencido de la falsedad de las mujeres, se propuso acabar con cada una de sus esposas tras pasar con ellas la noche de bodas. Fue la bella Scheherezade quien salvó su vida amenizando las veladas del tirano durante mil y una noches con interesantes cuentos que excitaban la curiosidad del esposo. Si la sultana imbrica la narración de forma que no decaiga el interés del marido, Rimski-Kórsakoff logra un objetivo igual, haciendo que todo proceda de un motivo generador de diferentes temas.

El músico añadió a los movimientos las indicaciones de Preludio, Balada, Adagio y Finale pero, dado el carácter programático de la obra, no procedía calificarla de “sinfonía”. Dos asuntos conforman los cuatro movimientos de la exótica suite: uno robusto, el del sultán, que contrasta con la ternura del violín: la favorita que hila las maravillosas historias que cautivan al esposo.
En El mar y el barco de Simbad, la música comienza con la amenazante figura del sanguinario sultán en los trombones, tuba, maderas graves y cuerdas, tras la que, brillando entre ricos acordes del arpa, escuchamos la voz de Scheherezade en el violín solo, que comienza temblorosa la primera de las historias. El inmenso mar se manifiesta en grandes olas de parte de toda la orquesta. Navegamos en el barco de Simbad (flauta, oboe y clarinete) y vemos las velas hinchadas, el sol en las aguas, la calma del mediodía, una tormenta que aminora, y seguimos a la joven hilando la historia... El sultán se duerme y la esposa pospone su destino por un día.

El cuento del Príncipe Kalender se refiere a un príncipe que ahora es un monje mendicante que ha profesado votos de pobreza, castidad y humildad. Escuchamos su historia de parte del fagot. Es tímido, serio, aunque algo burlón. Las feroces fanfarrias del trombón y la trompeta nos arrastran a una escena de esplendor bárbaro y salvaje. Rimski lanza luminosas masas de color como joyas brillantes procedentes de un cofre y el torbellino y la pompa de un solemne desfile nos sitúa en un ambiente opulento. Es la primera vida del príncipe cuando se rodeaba de gloria y poder. Hay cierta nostalgia hasta que el movimiento termina con un rimbombante crescendo.
La tercera parte, El joven príncipe y la princesa, es la sección más lírica. Una cautivadora canción de amor de los violines representa al joven, mientras que el clarinete habla por voz de la dama. Más tarde, el ritmo de la pequeña percusión añade un efecto picante a esta amorosa escena.

Termina la obra con la Fiesta en Bagdad. El barco de Simbad se estrella contra las rocas. El Sultán entra en la alcoba y Scheherezade comienza la descripción de una fiesta oriental llena de vida y color en la que la orquesta ha de mostrar su capacidad virtuosa. Bailarines, trajes lujosos, perfumes... oriente en música. Retornan los temas de los movimientos anteriores, todos llenos de energía que mantiene el ritmo de la fiesta. Recordamos a todos los personajes de los relatos y finalmente, la orquesta nos transporta a la cubierta del barco de Simbad, ahora en medio de un terrible temporal de olas gigantescas que lo precipitan contra las rocas coronadas por la estatua de un guerrero. Finalmente se escucha la voz de Scheherezade que nos llama desde el fantástico mundo que ha creado y el Sultán habla de nuevo, pero suave y gentilmente, pues ha renunciado a su terrible propósito. El violín solo asciende a lo más agudo para terminar la suite en sereno y luminoso triunfo
Scheherazade es una nueva forma de composición, hasta cierto punto a medio camino entre la Sinfonía fantástica de Hector Berlioz (1830) y los  poemas sinfónicos de Franz Liszt de 1854. Probablemente, debido a la trama en la que está basada, está más próxima al poema sinfónico, en el sentido de que es menos preciso que el de la Sinfonía fantástica. El compositor siempre se pronunció para evitar que se hiciera una lectura habitual programática, negando por ejemplo que los personajes evolucionen claramente y actúen, todo lo contrario de lo que escribió Antonio Vivaldi con los poemas adjuntos a Las cuatro estaciones, o de lo que hará Prokófieff en Pedro y el lobo, con los instrumentos que representan personajes con sus temas propios recurrentes. Rimski-Kórsakoff escribió así violentamente en Crónicas de mi vida musical:

“Es en vano el buscar leitmotiven siempre vinculado a tales imágenes. Por el contrario, en la mayoría de los casos, todos estos aparentes leitmotifs no son más que materiales puramente musicales para el desarrollo sinfónico. Estos motivos pasan y se extienden por toda la obra, uniéndose sucesivamente y entrelazándose. Aparecen cada vez bajo diferente luz, mostrando cada vez distintas características y expresando nuevas situaciones, y corresponden cada vez a imágenes y cuadros diferentes.”
En 1910, con la música de Scheherazade, Michel Fokine creó y coreografió un ballet para la temporada de los Ballets Rusos en París, con la escenografía y vestuarios de Léon Bakst. Destacaron en los papeles principales Ida Rubinstein y Vátslav Nizhinski. El ballet impactó por su cargada sensualidad y orientalismo. Gracias a su popularidad, fragmentos de Scheherazade ha formado parte de la banda sonora de varias películas.
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Nikolái Rimski-Kórsakoff: Canción India de "Sadko"

Gegam Grigorian, tenor
Orquesta del Teatro Marinsky
Valery Gergiev, director

Una de las características del nacionalismo ruso fue su interés por lo oriental, precisamente aquella vertiente de su propia cultura que los distinguía del resto de Europa. Ejemplos sonados  de este interés son obras como Scheherazade, de Rimski-Kórsakoff, En las estepas de Asia Central, de Borodin o Islamey de Balákirev, pero hay muchos otros.

En 1867 Nikolái Rimsky Korsakov escribió un poema sinfónico titulado Sadkó. Posteriormente, lo revisaría en varias ocasiones y, por fin, en 1897 estrenó en Moscú la ópera que nos ocupa. Él mismo escribió el libreto con ayuda de otros colaboradores, pero quizás su peculiar forma musical en siete actos, algo inconexa, es deudora de la forma instrumental original. Sadkó está basada en una antigua leyenda rusa. Lleva por título el nombre de su protagonista, un trovador que, ansioso por conocer mundo, abandona su pueblo natal, Novgórod (donde se reían de él) y a su esposa Lubava. El rey de los mares y su hija, la ninfa Volkova, ponen a sus pies los tesoros de los océanos, para que pueda cumplir sus sueños. Cuando prepara su flota cargada de oro, pide a tres comerciantes allí presentes que le describan las bellezas de sus respectivos países, para elegir adónde partir: un normando describe las inhóspitas costas del norte; un indio describe las riquezas y la magnificencia de su patria y, por último, la dulce y simpática barcarola de un veneciano gana el corazón de Sadkó. A este fragmento corresponde el aria que se canta en el vídeo. Su exquisita orquestación, propia de su autor, nos transporta de inmediato a la India y sus exóticos encantos.
La ópera finaliza con la vuelta de Sadkó a su patria, cubierto de riquezas y, por fin, respetado.

Nikolái Rimski-Kórsakoff: El vuelo del moscardón

Orquesta Filarmónica de Berlín
Zubin Mehta, director


Rimski-Kórsakoff, que escribió óperas cuentos, como Sadko y El zar Saltán, así como tres sinfonías, fue el autor de Principios de Orquestación, considerado uno de los mejores tratados en la materia y que fue utilizado por los estudiantes de composición durante todo el siglo XX.
A pesar de su formación autodidacta, llegó a ser profesor del Conservatorio de San Petersburgo, formó a más de 200 compositores, directores y musicólogos rusos y su influencia marcó a las generaciones posteriores de músicos.

Los afamados compositores Alexander Glazunov, Serguéi Prokófieff e Ígor Stravinski se contaron entre sus discípulos.

Junto con Mili Balákirev, César Cui, Alexander Borodin y Modest Músorgski, integró el llamado Grupo de los Cinco, que defendía una música basada en las tradiciones populares rusas.
Era el más joven de ese grupo de músicos nacionalistas que empleaban profusamente elementos del folclore y que constituyó todo un fenómeno en la vida musical de Rusia del siglo XIX.

Después de la muerte de Músorgski, en 1881, y de Borodin, en 1887, Rimski se dedicó a concluir las composiciones inacabadas de sus amigos. Gracias a sus esfuerzos vieron la luz las obras maestras El príncipe Igor de Borodin, Borís Godunov y Jovánshina de Músorgski.
Le cupo el honor de ser el primer ruso que compuso una sinfonía y de su labor pedagógica se tejieron leyendas.

Cuentan que cuando explicaba a sus alumnos que la última parte de una sinfonía o una sonata debe ser escrita en presto uno de ellos le preguntó: ¿Por qué entonces el cuarto movimiento de la sexta sinfonía de Piotr Chaikovksi es en adagio lamentoso? “Porque cada regla tiene sus excepciones. Más aún, éstas son incluso imprescindibles si la regla las viola un genio”, contestó el maestro.
Rimski nació el 18 de marzo de 1844 en el seno de una familia de aristócratas, en la que los hombres seguían la carrera naval. Aunque desde muy pequeño se manifestó su enorme talento musical, Rimski-Kórsakoff fue fiel a la tradición familiar y se enroló en la Marina Imperial tras concluir sus estudios en la Escuela Naval de San Petersburgo.

Dejó la Armada para dedicarse de lleno a la música cuando tenía 29 años. Ya entonces ya había compuesto su primera sinfonía, piezas orquestales y la ópera La Dama de Pskov y enseñaba composición y orquestación en el Conservatorio de San Petersburgo, del que fue profesor durante casi 40 años.
El periodo creativo más intenso de Rimski-Kórsakoff comenzó a mediados de los años 90 del siglo XIX, cuando compone las óperas Nochebuena y Sadko, entre otras.

A la ironía de la ópera de El zar Saltán, a la que pertenece la pieza “El vuelo del moscardón”, le sigue a comienzos del siglo XX las alegorías políticas de “El gallo de oro”, crítica encubierta de la Rusia imperial que fue prohibida desde su estreno.
Ni con la muerte de Rimski-Kórsakoff, acaecida en la hacienda de Liubensk el 21 de junio de 1908, cuando el músico tenía 64 años, ni con la caída del zarismo, cesó la persecución política de su obra.

Tras la revolución bolchevique de 1917 muchas de sus composiciones pasaron a engrosar las listas de obras sospechosas y algunas fueron prohibidas, al igual que ocurrió con parte de la música de Músorgski y Mijaíl Glinka, otro gran compositor ruso.

Nikolái Rimski-Kórsakoff: Capricho español, op. 34

 
Orquesta Filarmónica de Berlín
Zubin Mehta, director
 

Debido a su imagen exótica, a finales del siglo XIX lo español se puso de moda en los círculos cultivados parisinos (y, por ende, en los del mundo entero, dado que París era la capital cultural del mundo en la época). Los compositores de la época descubrieron las melodías folclóricas españolas y las emplearon con mejor o peor resultado en sus obras. George Bizet, en su ópera Carmen; Maurice Ravel, en su Bolero o su Rapsodia Española; Edouard Lalo, en su Sinfonía Española o el propio Rimski-Kórsakoff, en Capricho Español, son buenos ejemplos de este hispanismo de pandereta.

Los compositores españoles de esa época también hacían folclorismo a la española, mucho de él en forma de Zarzuela, género que vivió su período dorado durante ese final de siglo y principios del XX. Isaac Albéniz, seguramente el mejor compositor español de esos años, también se dedicó a componer, sobre todo para piano, sobre temas folclóricos españoles, igual que Enrique Granados. El mejor violinista de la época, el navarro Pablo Sarasate, además de tocar primorosamente las obras de los demás, también escribió él mismo una deliciosa música para violín, como sus famosísimos Malagueña o Zapateado, con aires folclóricos.
Nikolái Rimski-Kórsakoff nació en 1844 en Tijvin, a unos 200 km de San Petersburgo, la capital rusa, en una familia aristocrática cuyos miembros poseían  amplia tradición como oficiales de la Marina Imperial Rusa. Es decir, su destino estaba trazado en el mismo momento de nacer: sería oficial de la marina (su hermano mayor, Voin, llegó a ser un conocido navegante y explorador naval). Así que, a pesar de tener un excelente oído musical y capacidades fuera de lo común para la música desde muy temprana edad, Nikolái acabó enrolándose en la Marina Rusa, se graduó y realizó un viaje de casi tres años como guardiamarina en un clíper llamado Almaz.

Sin embargo, mientras estaba en la Escuela de la Marina continuó dando clases de música, casi siempre de manera informal, incluso componiendo alguna pieza de forma autodidacta, hasta que conoció a Mili Balákirev, el alma mater y fundador del Grupo de los Cinco, que abogaba por la exaltación de lo nacional en la música rusa, tratando de alejarse de la influencia de las escuelas alemana y francesa, las más destacadas e influyentes de la época.
Junto al propio Balákirev también formaban parte de dicho Grupo Cesar Cui, Modest Músorgski, Alexander Borodin y Nikolái Rimski-Kórsakoff. Fue Balákirev quien exhortó a Rimski a proseguir sus estudios y a no cejar en la composición. El resultado fue que al acabar su viaje iniciático en el velero ruso, vino con su Primera Sinfonía bajo el brazo: la había compuesto durante la singladura.

Rimski-Kórsakoff continuó siendo oficial de la Marina durante bastantes años. Sin embargo, no hay que olvidar el hecho de que era de familia noble, así que sus obligaciones con el Zar consistían en acudir un par de horas diarias al Almirantazgo de San Petersburgo para realizar algún trabajo administrativo. Nunca más se volvió a embarcar, al menos como oficial de la Marina, y su horario le dejaba mucho tiempo libre para dedicarse a la música. A partir de 1873, cuando el Zar creó por decreto el puesto de “Inspector de Bandas Navales de Música”. Nikolái ejerció tal cargo hasta que otro decreto de 1884 eliminó el puesto, momento en el que Rimski-Kórsakoff renunció a la Marina y se dedicó por entero a la música.

A pesar de su escasa formación, casi toda ella autodidacta, en 1871, con tan sólo 27 años de edad, fue nombrado profesor de Composición Práctica e Instrumentación del Conservatorio de San Petersburgo. Nikolái era realmente un orquestador brillante. Algunos de los más importantes compositores rusos del Siglo XX, como Glazunov, Stravinski o Prokófieff fueron alumnos suyos, e incluso se permitió escribir un Tratado de Orquestación que fue santo y seña durante muchos años en la enseñanza de la disciplina.

El Capricho Español es un maravilloso ejemplo de orquestación, y como tal ha sido reconocido desde su mismísimo estreno, a pesar de que este hecho fastidiaba un poco al autor, que decía que lo que hacía realmente especial y maravillosa a esta obra era «por el cambio en los timbres y la feliz elección de concepciones melódicas y de patrones de figuras».
Compuesto en 1887 ―la misma época en que compuso sus otras dos obras más famosas, Scheherezade y la obertura La Gran Pascua Rusa―, el Capricho Español (originalmente, “Capricho sobre Temas Españoles”) iba a ser inicialmente una Suite para Violín y Orquesta, pero Rimski decidió incorporar algunos pasajes para otros instrumentos solistas, aunque el violín del concertino siguió manteniendo su preponderancia. El Capricho está basado, cómo no, en temas españoles, sobre todo asturianos. Eso sí, según la peculiar percepción de un ruso que hacía unos veinticinco años que no había estado en España de cómo deberían sonar estos temas.

La obra comienza con el primer movimiento (Alborada), basado en un baile asturiano dedicado a la salida del sol, que comienza con un vigoroso tutti orquestal y luego deja paso a un portentoso solo de clarinete. Se escuchan panderetas y trinos diversos que sugieren el carácter español de la música. Se repiten la entrada y el solo del clarinete, respondido luego por otro solo del violín del concertino, confirmando la idea inicial del autor de escribir una Suite para violín y orquesta (no será ésta la única intervención solista del violín).
Sin pausa comienza el segundo movimiento (Variazioni) que consiste en unas variaciones sobre un tema de raíces hispanas. Las trompas enuncian el tema, que es recogido por la cuerda y luego pasa al oboe, con respuestas de trompas y trompetas con sordina, hasta que la orquesta en pleno lo hace suyo. Son las flautas quienes ahora van a adquirir protagonismo, con un genial pizzicato de la cuerda como contrapunto. La flauta solista se arranca por fin con escalas ascendentes y descendentes, que culminan con un trémolo que parece indicar que el fin del movimiento, lo que acontece al ser abruptamente interrumpido por la vigorosa entrada del tutti en el tercer movimiento (Alborada). Se trata de una repetición del primer movimiento, aunque ligeramente modificado en su orquestación. El violín intercambia su lugar con el clarinete en los solos; lo que antes estaba encargado al primer clarinete lo hace ahora el concertino y viceversa.

El cuarto movimiento, Escena y Canto Gitano, comienza con un redoble de la caja. Rápidamente, los metales introducen el tema con una sonora fanfarria, hasta que comienza el primero de los muchos solos de este movimiento, que es en realidad un motivo perfecto para el lucimiento solista de los músicos de la orquesta a través de sucesivas cadencias. El primer solo es del violín del concertino, con una suerte de melodía gitana. Los solos van acompañados, o no, por la orquesta punteando la melodía, remedando una fiesta gitana con mucha improvisación e intervenciones de los asistentes. Los solos que se van sucediendo son: flauta, clarinete, oboe y arpa, acompañada del triángulo. La orquesta entra en tutti cambiando el ritmo, pero sólo hasta el comienzo de más solos sucesivos, acompañados siempre por la cuerda imitando a la guitarra, porque así lo pide el autor en la partitura: quasi chitarra. Los solos son muy variados: de cello acompañado de oboe y flauta, de flauta y oboe, de la madera al completo, luego el metal… En un determinado momento cambia el tema (pero no el movimiento), y ahora las castañuelas llevan el ritmo. Se producen más solos del concertino, la flauta y el violín, los clarinetes y toda la madera. El final del movimiento es muy movido e implica a la orquesta en su totalidad, preparando con un crescendo la entrada, sin interrupción alguna, del quinto y último movimiento: Fandango Asturiano.
El fandango es una danza muy antigua, conocida desde el Siglo XVII, y que tiene representaciones en la música folclórica de diversas regiones españolas, incluida Asturias. Así que Rimski-Kórsakoff orquesta brillantemente un fandango asturiano con un acompañamiento de castañuelas aquí y allá, lo que ayuda a darle un aire verdaderamente español. Nuevos solos se suceden: violín, clarinete, etc. hasta llegar al vibrante final del movimiento que culmina la obra.
 

martes, 8 de enero de 2013

Nikolái Rimski-Kórsakoff: Capricho Español, Op. 34



Orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo
Valery Gergiev, director

El importante fenómeno nacionalista que surgió a mediados del siglo XIX y que encontró en Rusia, con el Grupo de los Cinco, una gran vitalidad, dio a la música de aquel país una proyección capaz de extenderse hasta la brillante orquesta rusa del siglo XX. El famoso Grupo, integrado por Balakirev, César Cui, Músorgski, Rimski-Kórsakoff y Borodin, va a insuflar una nueva savia a la música culta a partir de la popular; las melodías orientales, que favorecen un colorido tímbrico nítido y recortado en su arabesco, van a poner de relieve una manera nueva de orquestar a partir de los timbres puros e individualizados de la orquesta.
La orquesta de Rimski-Kórsakoff posee un gran equilibrio instrumental y una muy notable y equilibrada organización técnica. Es de brillante sonoridad, aunque sería injusto olvidar que Rimski-Kórsakoff bebió en las fuentes de Berlioz y que sus planteamientos sonoros y expresivos ya habían sido abordados con gran éxito por este último. Sólo en el terreno de la percusión es novedosa la aportación de Rimski-Kórsakoff. Es precisamente esta familia de instrumentos la que proporciona a su música un colorido especial, como se evidencia en su célebre Capricho español, un verdadero tratado de buena instrumentación.