Mostrando entradas con la etiqueta El Concierto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Concierto. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de junio de 2016

S. Rajmáninoff. Concierto para piano nº 3 en re menor, Op. 30

Daniil Trifonov, piano
Orquesta Filarmónica de Radio France
Myung-Whun Chung, director

El Concierto para Piano nº 3 en re menor, opus 30 de Serguéi Rajmáninoff (1873-1943) es famoso por la exigencia musical y técnica que requiere al intérprete. Tiene la reputación de ser uno de los conciertos para piano más difíciles del repertorio.
Compuesto en la tranquilidad de su hacienda familiar, Ivanovka, Rajmáninoff lo terminó el 23 de septiembre de 1909. La nueva obra se estrenó el 28 de noviembre del mismo año por la antigua Sociedad de la Orquesta Sinfónica de Nueva York, bajo la batuta de Walter Damrosch y el propio compositor al piano.
Siguiendo la forma clásica, el concierto consta de tres movimientos:
Allegro ma non tanto (re menor)
Intermezzo: Adagio (fa menor / re mayor)
Finale: Alla breve (re menor re mayor)

La orquestación pide 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, timbales, bombo, caja y quinteto de cuerdas.

sábado, 23 de abril de 2016

C. Saint-Saëns: Concierto para piano nº 5 en Fa mayor, Op. 103 "Egipcio"

Jean-Yves Thibaudet, piano
Real Orquesta del Concertgebouw
Andris Nelsons, director


El concierto consta de tres partes:
1. Allegro animato
2. Andante
3. Molto allegro

En 1896 Saint-Saëns concibió y realizó el quinto y último de sus conciertos para piano con la idea de interpretarlo él mismo ese año durante las celebraciones de su jubileo como pianista recordando que, en 1846, a la tierna edad de once años, había hecho su debut ante el piano en calidad de auténtico niño prodigio, y que durante el resto de su carrera, aun cuando ya había establecido plenamente su reputación como compositor, se mantuvo muy cerca de un teclado u otro, ya fuera el piano o el órgano.

Para escribir este concierto, Saint-Saëns aprovechó unas vacaciones invernales que lo llevaron esa vez a la ciudad de Luxor, en Egipto, donde tuvo la oportunidad de ponerse en contacto cercano con paisajes, texturas, sabores, colores, olores y sonidos diversos de las culturas del norte de África. Al parecer, Saint-Saëns asimiló a profundidad muchas de sus experiencias sensoriales en Egipto y, según los entendidos, las volcó hábilmente en este concierto para piano. Se afirma que es posible detectar en esta obra la peculiar luz del amanecer egipcio, así como el croar de las ranas en el valle del Nilo y el canto de los boteros egipcios. Más aún: algunos musicólogos afirman que en el movimiento final del concierto se puede apreciar, en la componente rítmica del molto allegro, la cadencia de la hélice del barco que llevaba a Saint-Saëns por el río Nilo.

Si bien todo esto bien puede ser producto de la fantasía y, como tal, refutado paso a paso, lo que no parece estar a discusión es el hecho de que el segundo movimiento de esta obra tiene como fundamento melódico una canción de amor escuchada por el compositor a su paso por Nubia, y propiamente esta es la razón por la que se conoce a este concierto con el sobrenombre de «Egipcio».

viernes, 6 de noviembre de 2015

L. van Beethoven: Concierto para violín en Re mayor, Op. 61

Anne-Sophie Mutter, violín
Orquesta Filarmónica de Berlín
Seiji Ozawa, director

El Concierto Op. 61 tiene tres movimientos:
Allegro ma non troppo (Re mayor)
Larghetto (Sol mayor)
Rondo. Allegro (Re mayor)
Además del violín solista, la orquestación comprende flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerdas.

El Concierto para Violín fue comenzado por Beethoven en 1806 y terminado justo antes de su estreno, el 23 de noviembre del mismo año. El estreno tuvo lugar en el Theater an der Wien, bajo la ejecución del celebrado violinista Franz Clement, que era uno de los músicos más virtuosos y celebrados de Viena. Discípulo de Haydn, tuvo una brillante carrera ascendente desde muy joven que lo llevó a tocar y luego dirigir en la Opera Imperial. Beethoven no escapó al grupo de notables que quedó impactado por la maestría de Clement, llegando más adelante a encomendarle la dirección del estreno de la Sinfonía Heroica. En 1806 fue Clement quien pidió a Beethoven que le aportara un Concierto para Violín, para ser presentado en un importante concierto benéfico. Beethoven accedió, pues respetaba profundamente a Clement y era uno de los pocos músicos de quien estaba dispuesto a recibir una crítica. El concierto, como era usual en Beethoven, fue concluido en el último minuto, con poquísimo tiempo para ensayarlo y gracias a la prodigiosa memoria de Clement, el estreno se salvó de terminar en desastre. La reacción del público fue tibia, no sólo por los huecos dejados por la improvisación, sino por la longitud del concierto y sus alcances de inusual sinfonismo, elementos inimaginables para la época. Tras un par de interpretaciones más, la obra no volvió a ser ejecutada hasta 1844, cuando otro niño prodigio, Joseph Joachim, lo volvió a tocar en Leipzig bajo la batuta de Mendelssohn. El éxito en ésta ocasión fue estruendoso, abriendo la entrada definitiva de la obra en el repertorio de los grandes conciertos para violín.


El concierto marca un hito histórico en el género, pues introduce elementos novísimos. En primer lugar resulta llamativo el despliegue de un gran concierto a partir de una economía musical casi espartana. El violín siempre mantiene su protagonismo pero sin efectuar lucha ni oposición contra la orquesta; al contrario el trabajo en armonía les hace aumentar su brillo mutuamente. La longitud del concierto, que para la época pudiera haber sido un problema, hoy nos parece promedio al conocer la longitud de otros conciertos románticos. También a diferencia de otros casos, el concierto de Beethoven permite flexibilidad a la hora de incluir cadencias, desde las originales del compositor, hasta las variaciones personales del propio intérprete, muy resaltante hacia el final del primer movimiento y hacia la coda del último. Hoy en día no queda duda de la absoluta grandeza de ésta obra.

jueves, 5 de noviembre de 2015

E. Grieg: Concierto para piano en la menor, Op. 16


1 Allegro molto moderato

2 Adagio
3 Allegro moderato molto e marcato



Arthur Rubinstein, piano

Orquesta Sinfónica de Londres
André Previn, director


El único concierto para piano y orquesta de Grieg fue escrito en Dinamarca en 1868 y se estrenó en Copenhague, el 3 de abril de 1869, dedicado al pianista Edmund Neupert. La partitura se publicó en 1872: hoy la conocemos como primera versión.

Entre 1869 y 1872 había ocurrido muchas cosas, entre ellas una lectura de Liszt, con el autor en el podio, en 1870. Dada la verdadera “manía” de Grieg por revisar sus obras, es de suponer cambios significativos, mayores aún que los ocurridos entre la “primera versión” y la “definitiva”, que el autor revisa en los últimos años de su vida.

En cualquiera de las tres versiones la crítica contemporánea no hizo demasiado caso al concierto. La coincidencia de tonalidad con el de Schumann, y no sólo de la tonalidad como es bien perceptible en el primer movimiento, ya fue advertida en el estreno, y esa ha sido, ya desde entonces, una de las principales acusaciones. ¡Como si el intentar parecerse a Schumann que escribía su concierto cuando Grieg apenas había nacido fuera un pecado!

Todavía en 1903, cuando la última y definitiva versión se estrena en París, un severo Claude Debussy se extraña ante una estructura formal vacilante, llena de breves y lánguidos cantabiles enmarcados por vibrantes sonerías trompeteriles: no se entendían los porqués. Pero, curiosamente, al público, del que solistas, agencias, editoriales y casas discográficas son fieles servidores, les gustó el concierto y sigue otorgándole ese raro honor de situarle en sitio privilegiado del repertorio. 

Tal vez, el mayor peligro para el concierto es, precisamente, esa manía discográfica de meterle en el mismo disco con Schumann y, por supuesto, con los mismos intérpretes. Porque, no es la vecindad lo que le hace daño, sino el que rara vez el intérprete del Schumann es el adecuado para el Grieg, o viceversa, por lo que la aproximación se hace indecente promiscuidad.


El concierto debe mucho a Schumann, claro es, y también a los dos de Chopin, y no hay que olvidar a Liszt: la cadencia del primer tiempo, como se escribe con frecuencia, es impensable sin el conocimiento del húngaro. Pero es indudable que tiene personalidad propia, las melodías, los motivos cortos que, convenientemente variados, Grieg trata a la manera de secuencias, la armonía colorista y sabia, los intervalos desacostumbrados (peligrosos por lo tanto) y que Grieg integra con mucho ingenio dando un matiz exótico a estructuras muy simples, y ese aroma folk que sin romper ningún molde añade un agradable sabor picante a la cocina tradicional. Si a eso añadimos que el piano está muy bien tratado y que el solista se luce a poco interés que ponga, no es de extrañar el éxito. 

viernes, 23 de octubre de 2015

J. S. Bach: Concierto de Brandemburgo nº 3 BWV 1048

Orquesta Barroca de Friburgo

Los Conciertos de Brandemburgo se publicaron en 1721, época en la que Johann Sebastian Bach era maestro de capilla y director de música en la Corte de Cöthen, ciudad alemana situada en el Estado federal de Sajonia-Anhalt, en la que sirviendo desde 1717 hasta 1723. De acuerdo con el ambiente reformista de la iglesia de la corte, en esta época abandonó la producción de música sacra y de órgano, centrándose en la música para clave y en la música instrumental, con claras influencias de Vivaldi.
Los seis conciertos brandemburgueses, conocidos en su partitura original como “Conciertos con varios instrumentos”, están dedicados a Christian Ludwig, margrave de Brandemburgo, noble que ejercía el control militar de la frontera de Alemania y Prusia. Pero sigue siendo todo un misterio, llenos de hipótesis y controversias el lugar dónde los compuso y cuándo. De lo que sí están seguros los expertos es que los conciertos brandemburgueses, o parte de ellos, fueron compuestos con anterioridad a su estancia en Cöthen y tratados con discreción durante su servicio a las órdenes del príncipe Leopold, siendo entregados al margrave de Brandemburgo en 1721.
Así, el Concierto nº 3 es el primero, al menos el primer movimiento, compuesto como introducción a una cantata de iglesia en 1713. El resto del concierto, tiene influencias de Vivaldi, cosa que no ocurre hasta 1714. En cualquier caso, tiene una estructura de tres movimientos (rápido-lento-rápido) y, a diferencia de los dos primeros, corresponde a la estructura del concerto grosso. El grupo instrumental consta tres partes: una de violines, otra de violas y por último una de violonchelos, todas ellas apoyándose sobre el bajo continuo (el violone grosso y el clave).

A pesar de que los Conciertos de Brandemburgo no tuvieron gran éxito entre el público, con el tiempo ha pasado a ser muy conocidos y clave imprescindible para que los aficionados tomemos a Bach como uno de los grandes.

lunes, 19 de octubre de 2015

F. Liszt: Concierto para piano nº 2 en La mayor S 125

Denis Matsuev, piano
Orquesta Filarmónica de San Petersburgo
Zoltán Kocsis, director

El Concierto para Piano nº 2 en La mayor, S. 125, es una obra comenzada por Franz Liszt en 1839 y acabada en su versión definitiva en 1861. Evolucionó de un primer manuscrito escrito entre 1839 y 1840, a la cuarta y última revisión de 1861. Liszt dedicó la pieza a su alumno Hans von Bronsart, quien la estrenó en Weimar bajo la dirección del compositor el 7 de enero de 1857.

La orquestación pide, además del piano solo, tres flautas (una doblando a piccolo), dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, tímpano, timbales y cuerdas.

La obra está escrita como un único, largo movimiento, dividido en seis secciones conectadas por transformaciones de distintos temas. Las secciones son:

Adagio sostenuto assai
Allegro agitato assai
Allegro moderato
Allegro deciso
Marziale un poco meno allegro
Allegro animato

En muchas de sus más grandes obras, Liszt desarrolló una técnica que nutrió a la mayoría de los compositores de la primera parte de nuestro tiempo: la transformación temática.
Este procedimiento, que está bellamente realizado en los dos conciertos para piano, implica la derivación de muchos temas diferentes a partir de una o dos melodías básicas. El resultado puede llamarse forma autogeneradora -las posibilidades de transformación de un tema dado determinan el carácter de las secciones posteriores. La transformación temática se emplaza entre los modos de acercamiento tradicionales de desarrollo y la variación. Es cercana a lo que Schoenberg llamó "variación perpetua". El compositor Humphrey Searle describe el proceso de transformación temática del modo siguiente:

Un tema básico se reitera a todo lo largo de una obra, pero sufre constantes transformaciones y disfraces y se lo hace aparecer en diferentes papeles contrastantes; incluso puede ir en aumento o en disminución, o en un ritmo diferente, o incluso con armonías diferentes; pero sirve siempre al propósito estructural de unidad dentro de la variedad. La técnica fue de importancia suprema para Liszt, interesado como estaba en las formas "cíclicas" y en el problema de envolver en uno solo a varios movimientos.


El Segundo Concierto para piano es un brillante ejemplo de la técnica de Liszt de transformación temática y de su singular modo de encarar la forma. Se trata de una obra de un solo movimiento que combina aspectos de un concierto de cuatro movimientos (primer movimiento, scherzo, movimiento lento, finale) con una forma de allegro de sonata (exposición del tema principal, exposición del tema contrastante, sección de desarrollo, recapitulación).

martes, 6 de octubre de 2015

S. Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini en la menor, Op. 43


Stephen Hough, Piano
The BBC Symphony Orchestra

Sakari Oramo, director

La Rapsodia sobre un tema de Paganini es una obra para piano y orquesta de unos veinte minutos de duración. Rajmáninoff, notable intérprete de sus propias obras, participó en el estreno junto a la orquesta de Filadelfia a las órdenes de Leopold Stokowski, el 7 de noviembre de 1934 en la Lyric Opera House de Baltimore, Maryland.

La pieza es un conjunto de 24 variaciones sobre el Capricho nº 24 para violín solo de Niccolò Paganini. Aunque no tiene interrupciones, se pueden destacar tres secciones, que corresponderían a la distribución de un concierto para piano clásico: el primer movimiento comprendería hasta la undécima variación; el segundo, de la duodécima a la decimoctava, y de ahí hasta el final, las demás.


La página más destacada de esta obra es la variación XVIII, una inversión del tema original de Paganini.

lunes, 30 de marzo de 2015

R. Strauss: Duet-Concertino para Clarinete y Fagot, Op. 147

00:00 Allegro moderato
06:11 Andante
09:12 Rondo

Manfred Weise, clarinete
Wolfgang Liebscher, fagot

Staatskapelle Dresden
Rudolf Kempe, director

Richard Strauss compuso el Dúo-concertino a finales de 1947. La obra se estrenó en Lugano (Suiza), el 4 de abril de 1948.

Strauss fue invitado a Londres, lo que le permitió ver a algunos de sus viejos amigos, entre ellos el Dr. Ernst Roth, su editor. Sin duda esperaba que el viaje le permitiera el “deshielo” de algunos de sus derechos de autor, que habían sido congelados en Inglaterra a causa de la guerra. (Dos años antes también se había trasladado a Suiza con la esperanza de recibir ciertas cantidades de dinero que no podrían llegarle si permanecía en Alemania).
En Inglaterra Strauss fue cortante con la prensa y tuvo poca paciencia con la persistencia de los periodistas que le preguntaban cuáles eran sus planes. Les dijo simplemente: “Bueno, morir”. Antes de su muerte, que ocurriría dos años más tarde, Strauss compuso dos últimas obras de gran importancia. El Dúo-concertino para clarinete y fagot y, la más popular, Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta.

Aunque el Dúo-concertino fue finalizado en 1947, Strauss ya llevaba pensando en la obra cierto tiempo. Un año antes había escrito al dédicataire eventual, Hugo Burghauser, amigo cercano y ex fagotista de la Filarmónica de Viena, que se había trasladado a Nueva York

“Estoy aún ocupado con la idea de un doble concierto para clarinete y fagot, pensando especialmente en su hermoso tono. Sin embargo, aparte de algunos temas esbozados todavía sigue siendo poco más de una intención... Tal vez le interesaría lo que mi padre siempre solía decir: ‘Fue Mozart, quien escribió más bellamente para el fagot’. ¡Pero también era el de las más bellas ideas, que venían directamente desde los cielos!”

Encontrar una referencia de Strauss al idolatrado Mozart en yuxtaposición inmediata al primer indicio del Dúo-concertino debería alertarnos sobre un cierto sabor mozartiano presente en bastantes de sus últimas obras.
No es que el Dúo-concertino sea de ninguna manera un pastiche: más bien se traduce en él mucho de lo que Strauss consideraba el alma de la época clásica bajo un nuevo disfraz.

En algún momento de la composición de la obra, Strauss le dijo al director de orquesta Clemens Krauss que estaba pensando en el cuento de Hans Christian Andersen El porquero, en el que un príncipe se disfraza de porquero para cortejar a una bella princesa en el palacio de su padre. Strauss también escribió a Burghauser para decirle que “el clarinete representaba a una princesa bailando, y que el fagot describía los grotescos intentos de un oso de imitarla. Finalmente, ella es conquistada por el oso y danza con él. Así que usted también se convertirá en un príncipe y vivirán felices para siempre”.
A pesar de todo, el Dúo-concertino también puede considerarse como música pura. Sus tres movimientos se ejecutan sin pausa, aunque los dos primeros son bastante breves y sirven esencialmente como un elaborado prólogo para el rondó de cierre.

A. Glazunov: Concierto para saxo alto y orquesta de cuerdas, Op. 109

Joseph Lulloff, saxo
The Brevard Music Center Orchestra
JoAnn Falletta, directora


Alexandr Glazunov (1865-1936) escribió el Concierto para saxo alto y orquesta de cuerdas en mi bemol mayor, op. 109 en 1935, poco antes de su muerte. Glazunov, exiliado por entonces en París, se sentía atraído por la llamativa sonoridad del saxo (ya había compuesto incluso un cuarteto para saxofones), instrumento que, a pesar de ser construido a mediados del s. XIX (también en París) por el belga Adolphe Sax, no contaba aún con un numeroso repertorio de obras concertantes.
Según algunos, el Concierto es la última obra de Glazunov, debido que la numeró como op. 109 antes de terminarla. Se sabe que a la vez compuso una fantasía para órgano, que se sospecha que es anterior, a pesar de llevar el op. 110. Glazunov también hizo un arreglo del Concierto para orquesta completa que es el op. 109a.

El otrora conservador y ultrarromántico compositor sorprendió con una partitura breve en la que no hay interrupción, con influencias modernas inusitadas en él, entre ellas la del jazz.
Tras la muerte de Glazunov se publicó una versión para saxofón y piano, firmada por Glazunov y André Petiot. Aunque Glazunov nunca había aludido a un colaborador en su correspondencia, se sospecha que Petiot pudo tener un papel relevante en la escritura del concierto original.

El estreno tuvo lugar en Alemania por Sigurd Raschèr, el saxofonista que encargó la obra y a quien va dedicada. Este Concierto se convirtió inmediatamente en un clásico del repertorio para el saxo alto, aunque se desconoce si su compositor lo llegó a escuchar alguna vez en privado.

martes, 10 de marzo de 2015

A. Corelli: Concerto Grosso en Re mayor Op. 6 nº 4

Voices of Music
 
Estructura
I. Adagio – Allegro
II. Adagio
III. Vivace
IV. Allegro (Giga)
 
Instrumentación
Concertino: dos violines y violoncello
Ripieno: violines I y II, violas y bajo continuo
 
Creador del concerto grosso según algunos, atinado precursor según otros, Arcangelo Corelli pudo agregar a su talento y buena estrella la circunstancia histórica de coincidir con  el surgimiento y florecer de la industria editora de música, principalmente en Venecia, más tarde en Holanda y Alemania. Así se explica que en el curso de su vida Corelli haya visto publicada y divulgada internacionalmente gran parte de su obra, no muy extensa pero suficiente para que tras su muerte sus partituras estuvieran al alcance de músicos y compositores, alentando las ulteriores transformaciones que en el campo del Concerto Grosso harían Vivaldi, Haendel o Bach.
El aporte de Corelli al desarrollo de la forma concierto fue más bien leve, sin ahondar en la explotación de sus posibilidades. En sus Concerti Grossi los dos bloques en que se escinde el conjunto de instrumentos, concertino y ripieno, están muy equilibrados. El concertino, por supuesto, actúa como la unidad que  lleva la melodía, por lo general muy breve; seguidamente entra el resto de la orquesta (el ripieno) para reafirmar el material expuesto por el pequeño grupo anterior, pero sin adoptar el carácter de grupo cohesionado contrapuesto al resto de la orquesta como protagonista colectivo, como sí ocurrirá más tarde, en la obra de los barrocos posteriores.

viernes, 6 de marzo de 2015

Wolfgang A. Mozart: Rondó para violín y orquesta en Si bemol mayor, KV 269

Johannes Leertouwer, violín
Orquesta La Borea

Cuando Mozart estaba al servicio del príncipe-arzobispo de Salzburgo el virtuoso italiano Antonio Brunetti ocupaba un puesto de violinista en la orquesta. Brunetti  le animaba a escribir obras concertantes y también interpretaba los conciertos para violín del joven compositor. Entre ellos se estableció una fructífera relación creadora y Mozart se dejaba aconsejar por el músico italiano. Así, un año más tarde, el segundo movimiento de su «Concierto en la Mayor» fue sustituido por un nuevo «Adagio» (KV 269). Aparte de éste, igualmente, el compositor cambió y modificó algunos otros movimientos originales de sus conciertos para violín, componiendo un nuevo finale para el «Concierto en Si bemol Mayor», el «Rondó» KV 269. Pero las relaciones con Brunetti, al parecer, también se tornaron tensas al final de su etapa en Salzburgo, lo que empeoró su malestar en sus últimos años de residencia en su ciudad natal.

lunes, 16 de febrero de 2015

M. Ravel: Concierto de piano para la mano izquierda

Jean-Efflam Bavouzet, piano
Philarmonia Orchestra
Esa-Pekka Salonen, director 
El pianista Paul Wittgenstein, hermano del filósofo Ludwig Wittgenstein, se alistó en el ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial. Fue herido y capturado en el frente ruso. Debido a sus heridas, su brazo derecho debió ser amputado mientras estaba en cautiverio.
Tras un período de recuperación al final de la guerra, empezó a encargar a diferentes compositores que escribieran obras que él pudiera tocar con una sola mano. Entre los que le respondieron estaba Maurice Ravel.
Poco tiempo antes de recibir la invitación de Wittgenstein, Ravel había empezado a componer otro concierto para piano, en Sol mayor. A Ravel le gustaba trabajar con restricciones externas, por lo que aceptó ansiosamente el desafío de componer para un pianista con una sola mano e interrumpió el trabajo en el Concierto en Sol para componer el Concierto para la Mano Izquierda. Una vez que estuvo terminado, él y Wittgenstein presentaron la obra en una reunión privada.
Ravel es uno de los grandes orquestadores de todos los tiempos. Su capacidad puede percibirse a lo largo de toda la obra, especialmente en los pasajes más plenos. Pero se debe escuchar cuidadosamente la extraordinaria originalidad de la apertura, un sonido diferente del que hubiera en cualquier concierto escrito con anterioridad. Los violonchelos y la mitad de las cuerdas bajas sostienen un acorde abierto, que la otra mitad de los bajos arpegia con las cuerdas abiertas. Luego se agrega una melodía en el más improbable de los instrumentos solistas: el contrafagot. Ravel escribe para este instrumento potencialmente engorroso con tal facilidad y elegancia que se brinda (al oyente ¡y al contrafagotista!) el raro placer de oírlo cantar, tanto en sus registros más bajos como en los más altos, con un lirismo encantador.
 

M. Ravel: Concierto para piano en Sol mayor

Marta Argerich, piano
Orquesta Nacional de Francia
Charles Dutoit, director
 
I. Allegramente
II. Adagio assai
III. Presto
Maurice Ravel tenía un talento especial para la escritura pianística y unas proverbiales dotes para la orquestación. Los dos mundos se plasman en las numerosas obras que tienen doble vida, en el teclado y en la orquesta. Sus composiciones con piano solista se cuentan entre lo más brillante de la literatura concertística del siglo XX. Son dos los conciertos que dedica a su instrumento, y resultan todo lo diferentes que permite la propia estética raveliana. Ambos fueron escritos a la par, en 1930-31, en el último impulso creativo antes de que una enfermedad cerebral le incapacitase. Mientras el Concierto para la mano izquierda se compuso para el pianista manco Paul Wittgenstein, el hermano del filósofo, el Concierto en sol mayor fue concebido para ser interpretado por el propio Ravel. Sin embargo fue estrenado por la gran solista Marguerite Long, dedicataria de la obra, con el autor en el podio.
Como se ha dicho, son conciertos muy distintos, casi opuestos. El que es para las dos manos destaca por su luminosidad, su alegría desenfadada, y por reflejar la interpretación que del jazz americano pudo hacer el refinado músico francés. Los elementos de ultramar se hallan presentes en los movimientos extremos, especialmente en el brevísimo y feroz Presto final. El inicial Allegramente combina la brillante escritura alla toccata con secciones pausadas en los que se sugiere el blues y momentos mágicos como el protagonizado por el arpa. Pero el corazón, en todos los sentidos, del Concierto se halla en el Adagio assai, un movimiento atípico en Ravel al estar presidido por una melodía continua, casi infinita, de ternura conmovedora. La simplicidad de su planteamiento, alejado de lo virtuoso, con un acompañamiento en la mano izquierda inmutable, es engañosa. Lo muestran las guirnaldas de la mano derecha del piano que dominan la segunda sección y que constituyen un reto para el analista, confrontado a lo sublime y a la sorprendente afirmación del autor según la cual escribió el tiempo lento del Concierto siguiendo, compás por compás, el Adagio del Quinteto con clarinete de Mozart.

jueves, 5 de febrero de 2015

W. A. Mozart: Concierto para piano y orquesta nº 20 en Re menor, KV 466


Cappella Andrea Barca
András Schiff, piano y dirección musical
Allegro
Romanza
Rondó: Allegro assai

Instrumentación: flauta, dos oboes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerdas.

Resulta asombroso que Mozart haya podido generar de consuno dos obras tan disímiles como los dos consecutivos números del catálogo de Köchel, KV 466 y 467. Y es que la producción concertística del año 1785 se caracterizó por el contraste entre este núm. 20 en Re menor y el Concierto núm. 21 en Do mayor, escritos en el mismo mes, y enfrentados por el carácter ocre y tempestuoso del primero, y el talante optimista y bienhumorado del segundo, obras maestras ambas en cualquier caso.
El arranque de la obra, con su ritmo sincopado y sus palpitantes acordes en Re menor, es casi insólito en la producción mozartiana a la hora de expresar angustia, tensión y dramatismo. Cuando el piano entra en escena, como un nuevo personaje de la acción, no repite las frases iniciales de la pieza, sino que aporta su propio material temático y, de hecho, el solista atraviesa todo el movimiento sin citar los imponentes acordes iniciales de la orquesta, que, paritaria contrapartida, tampoco recoge o imita las frases con las que el solista comienza su discurso. Como Huscher señala con acierto, la relación entre solista y orquesta nunca antes había sido tan tensa y compleja.
El piano a solo comienza el segundo movimiento, una serena Romanza que aporta alivio al espíritu sin desterrar por completo el carácter trágico. En particular, un explosivo interludio en Sol menor —“esa parte ruidosa con los tresillos rápidos”, como Leopold Mozart lo describiera.
Cuando Leopold Mozart llegó a Viena el día 10 de febrero de 1785, el día antes del estreno del nuevo Concierto en Re menor de su hijo, advirtió que no había tiempo para ensayar el Finale, habida cuenta de que los materiales aún se estaban copiando. ("Tu hermano ni siquiera ha tenido tiempo de hacer una lectura del Rondó", escribió a Nannerl, "porque tenía que supervisar el trabajo de copia".) La música, sin embargo, no muestra signo alguno de prisa o premura. Charles Rosen señala incluso que este es el primer Concierto cuyos movimientos extremos "están perfectamente relacionados de manera sorprendente y abierta". El detallismo y la sabiduría de Mozart son evidentes en toda la obra. De nuevo, es el piano en solitario quien inicia la peroración argumental del último movimiento, esta vez con inusual urgencia. No se trata de un alegre rondó convencional, sino de una conclusión de gran fuerza, que clausura una página esencialmente trágica; su oscura reciedumbre se anticipa al final en modo menor del Concierto núm. 3 de Beethoven. Y, cerrando el recorrido, igual que el escalofriante Re menor de Don Giovanni termina en la brillante genialidad de Re mayor, también este drama concertante culmina en una radiante coda, equivalente al ordenado final feliz que la ópera del siglo XVIII exigía.

domingo, 1 de febrero de 2015

Wolfgang A. Mozart: Concierto para violín y orquesta nº 5, en La mayor, KV 219, “Turco”

Anne Sophie Mutter
Camerata de Salzburgo
Allegro aperto
Adagio
Rondeau (Tempo di Minuetto)
Mozart compuso sus cinco conciertos para violín en un breve arco de tiempo -durante el año 1775- y todos para la corte de Salzburgo. Se trata, por tanto, de un corpus de piezas compacto y homogéneo, dictado esencialmente por los gustos de su patrón, el arzobispo Colloredo. Al parecer, Mozart nunca mostró especial predilección por este género y pronto encontró una forma de expresión más acorde con su genio en el concierto para piano. No obstante, siempre nos quedará la curiosidad de escuchar lo que el compositor hubiera podido dar de sí en este ámbito en sus años de madurez.
Sería arduo encontrar en otros conciertos mozartianos para violín el mismo grado de emotividad que caracteriza el Adagio del Quinto. Por lo general, estamos ante obras que siguen las pautas de un discurso brillante, ameno y no muy profundo, pensadas para entretener a la audiencia. A estas circunstancias se debe también el hecho de que estos Conciertos antepongan la búsqueda de un lirismo amable a las prerrogativas de un virtuosismo fogoso.
“No soy partidario de las dificultades”, escribía el compositor en una carta a su padre tras escuchar a un violinista empeñado en un concierto muy exigente.
El “mito turco” arranca en Europa a finales del siglo XVII, precisamente cuando el sultán Mehmet -tras las repetidas derrotas sufridas por su ejército- renuncia a Hungría en el Tratado de Carlowitz (1699). Tras llegar a sitiar la capital, Viena, el Imperio Otomano dejaba por fin de representar una amenaza para el mundo occidental. El turco, visto hasta entonces con miedo y desconfianza, empezaba a ser objeto de una creciente atención, curiosidad y simpatía.
La apertura de un nuevo período de paz dio paso a un estrecho diálogo intercultural. Las misiones diplomáticas realizadas por los sultanes en las grandes cortes europeas -es célebre la que realizó Mehmet Effendi en París, bajo el reinado de Luis XV, en 1721- desataron una verdadera moda turca sobre todo en lo que respecta al vestuario y la música.
Numerosos son los cuadros de la época –realizados por pintores de la talla de Liotard, Quentin de La Tour o Boucher- que representan a aristócratas francesas vestidas de sultanas o con ropa oriental.
En el campo operístico, el ejemplo más destacado lo ofrecen Les Indes galantes de Jean-Philippe Rameau (1735). Uno de los protagonistas de este balle théroïque, el pachá Osman, puede considerarse entre los primeros prototipos de “turco generoso” destinados a invadir el melodrama del siglo XVIII. En 1764, también Christoph Willibald Gluck realiza su personal aportación a la galería de “turcos generosos” con el melodrama La rencontre imprévue, también conocido con el título de Los peregrinos de la Meca. Veinticinco años después, el compositor sueco Joseph Martin Kraus hará lo propio con la ópera Solimann II, estrenada en Estocolmo en 1789.
La música de los jenízaros -el cuerpo de élite del ejército otomano- se impone finalmente en el modelo de la música turca para los públicos europeos. El aspecto más imponente y llamativo del repertorio militar de los jenízaros era representado por el amplio y novedoso aparato de percusiones utilizado en sus conjuntos: bombos, timbales, platillos, címbalos... La paz con Turquía favoreció la incorporación de instrumentistas de este país en las orquestas de los teatros europeos, y algunos estudiosos llegan a mantener que esta aportación tuvo como consecuencia un mayor desarrollo de las percusiones en la orquesta europea.
En la época de Mozart, el mito de Turquía seguía vivo. Y aún más en un imperio -el austro-húngaro- fronterizo con el sultanato otomano. Diversas y significativas son las piezas del catálogo mozartiano en las que el compositor refleja el interés por la “conexión turca”.
La más antigua es la música para ballet Le gelosie del serraglio, compuesta para la ópera Lucio Silla en 1771. La lista se completa con Zaide, un Singspiel compuesto entre 1779 y 1780, el movimiento final de la Sonata para piano KV 331 (la célebre “Marcha Turca”), aunque el capítulo más importante es representado por El rapto del serrallo, nuevo Singspiel estrenado en Viena en 1782. En este apartado de piezas, no puede dejar de mencionarse el Concierto para violín núm. 5, KV 219. Su apodo de “turco” se debe al tercer y último movimiento: Rondeau. Tempo di Minuetto, en cuya parte central (Allegro) el compositor introduce una cita de la mencionada música para ballet Le gelosie del serraglio. Uno de los aspectos más curiosos de este episodio es la escritura reservada a violonchelos y contrabajos, que tocan con el arco al revés, esto es, con la parte de la madera en vez de con las cerdas, lo que produce un característico efecto percutivo.
Si la sección central del Rondeau brinda el momento más exótico y truculento de la obra, el Adagio representa, en cambio, el punto de mayor intensidad expresiva alcanzado por Mozart. El tema principal consiste en un suave ondear de semicorcheas, que desde los violines se propaga por imitación a todo el movimiento en forma de apacible radiación luminosa. El murmullo de la cuerda es el fondo sobre el que se mueve el lirismo del solista, roto en algunos momentos por repentinos virajes patéticos. El material melódico no sufre grandes modificaciones, pero se renueva constantemente por efecto de las modulaciones, y en especial al pasar por el modo menor, que le otorga un tono más trágico. Brunetti, el violinista de la corte de Salzburgo al que estaba destinado el concierto, no entendió la novedosa belleza que encerraba este movimiento. Para él, Mozart compuso un nuevo Adagio (K 261), de corte más tradicional.
Una anticipación de la temperatura emotiva del concierto -en vilo entre extroversión e intimismo- se detecta en el comienzo del Allegro aperto. Después de la exposición de los dos temas principales por parte de la orquesta, el violín arranca con un recitativo en tiempo lento. Un paréntesis de ensueño que se prolonga durante algunos compases y arroja una sombra de incertidumbre sobre el carácter dominante del Allegro, hasta que el solista lo quiebra lanzándose a la carrera.