jueves, 13 de febrero de 2014

F. Schubert: La Muerte y la Doncella, D. 531

Christa Ludwig, mezzosoprano
Gerald Moore, piano

El lied es el género que une o funde la poesía lírica y la música. No tiene nada que ver con chanson, o canción popular estilizada. La canción de concierto o lied es la más simple de todas las músicas vocales. En los siglos XVII y XVIII se consideraba una forma popular, no como música "artística". Fue Schubert quien hizo las canciones "respetables" de nuevo, como sucedía en los siglos XV y XVI, cuando los compositores basaban sus misas en melodías extraídas del folclore. Con el abandono de la forma cantata, en el Romanticismo aflora un tipo particularmente rico y elaborado de canción con acompañamiento de piano, del que Schubert es el principal exponente. La fuente donde encontró la energía musical para sus lieder, fueron los Adagios, Andantes y Largos de Beethoven, verdaderos lieder sin palabras. Schubert compuso 634 lieder, bastantes de ellos basados en poemas de Goethe. Al final de su corta vida, trabajó sobre algunos versos de Heine, que le inspiraba música completamente diferente, del más alto valor.

El lied Op. 7 Nº 3 D. 531, titulado "La Muerte y la Doncella", fue compuesto por Schubert en 1817. Su texto pertenece a un poema escrito por el clérigo Matthias Claudius (1740-1815), que trata del rapto de Proserpina a manos de Plutón.

Algo después, en 1824, Schubert tomaría en auto préstamo la melodía de esta canción de concierto para incorporarla a su cuarteto de cuerda nº 14, D. 810, que lleva por ello el sobrenombre de "La Muerte y la Doncella".

 
Texto
Das Mädchen:
Vorüber, ach vorüber!
Geh, wilder Knochenmann!
Ich bin noch jung, geh, Lieber!
Und rühre mich nicht an!
 
Der Tod:
Gib deine Hand, du schön und zart Gebild!
Bin Freund und komme nicht zu strafen.
Sei guten Muts! Ich bin nicht wild,
Sollst sanft in meinen Armen schlafen.
 
Traducción
La doncella:
¡Lárgate, ah lárgate!
¡Vete, cruel esqueleto!
¡Soy aún joven, sé amable y vete!
¡Y no me toques!
 
La muerte:
¡Dame tu mano, dulce y bella criatura!
¡Soy tu amigo y no vengo a castigarte!
¡Confía en mí! ¡No soy cruel!
¡Déjate caer en mis brazos y dormirás plácidamente!

F. Schubert: Cuarteto de cuerda nº 14 en re menor D 810 "La Muerte y la Doncella"



Cuarteto Alban Berg de Viena

1. Allegro
2. Andante con moto
3. Scherzo: Allegro molto
4. Presto

El Cuarteto de cuerda en Re menor, D. 810, “La muerte y la doncella”, es, de principio a fin, una obra desaforada. La idea central del Cuarteto en Re menor es la de la muerte y la rebeldía ante su llegada intempestiva y no deseada, uno de los temas predilectos de la imaginería romántica alemana. El título con el que suele conocerse la obra –por una vez, justificado– proviene del Lied homónimo de 1817, escrito a partir de un poema de Matthias Claudius. Schubert se vale del motivo inicial del piano, concebido en ritmo dactílico, para construir, por fin, una serie de variaciones, las mejores de su catálogo, recurriendo así a un procedimiento que aún no había utilizado en este medio pero que le había dado y le daría aún resultados excelentes en otros géneros camerísticos, como en el Quinteto “La trucha” o en el posterior Octeto para cuerda y viento. La paz engañosa del tema, expuesto homorrítmicamente por los cuatro instrumentos, va mudándose poco a poco en desasosiego hasta que en la quinta variación se produce un auténtico exabrupto de dolor, confiado a un violonchelo enloquecido que, con bruscos cambios de registro, lanza sus alaridos sobre la perfecta e inquietante polirritmia de sus compañeros. Los versos de Matthias Claudius no pueden conocer una plasmación musical más sofocante. Más aún si, como es el caso, venimos ya con el bagaje de un movimiento de la fiereza expresiva del “Allegro” inicial, en el que los cuatro instrumentos sólo parecen ponerse de acuerdo a la hora de interpretar en fortissimo la blanca con puntillo del diseño inicial, cuyo fiero ritmo trocaico (otro de los predilectos de Schubert) se erigirá, junto con la recurrencia del tresillo, en la célula generadora de todo el primer movimiento.A partir de ahí todos ellos se enzarzan en un juego de réplicas y contrarréplicas animadas por un denso contrapunto que tiene en los tresillos a su motor rítmico omnipresente.
La esencia de la forma sonata se manifiesta en toda su pureza –especialmente en las secciones de exposición y re exposición– por medio de dos temas fuertemente enfrentados: rítmico, dramático y con una dinámica cambiante el primero; lírico, legato y pianissimo (al menos en su inicio) el segundo. Ambos parecen querer simbolizar la lucha encarnizada entre la joven y ese esqueleto (Knochenmann) que se le cruza en su camino para arrebatarle la vida. Inmerso en una agitación agotadora, la rabia no queda aplacada hasta el segundo de los dos finales, una versión atemperada del primero que opta por extinguirse gradualmente en pianissimo.

Dos movimientos de semejante desgarramiento emocional serían suficientes ya para poder culminar la obra en una atmósfera de mayor serenidad. Sin embargo, el “Scherzo” (aquí un minueto como los de cuartetos precedentes carecería por completo de sentido) y el “Presto” final siguen bebiendo del manantial en apariencia inagotable del lied, que no sólo presta al segundo movimiento su sustancia temática sino que imbuye su mensaje poético a todo el conjunto de la obra. Así, el “Scherzo” es aquí robusto y enérgico, pero sus constantes diseños sincopados le restan el aplomo, la solidez o el aire de divertimento extravertido que lo caracterizan en otras obras de Schubert. El “Presto” final, por su parte, es una tarantela desenfrenada que se abre con el primer gran unísono de la obra (aunque su efecto está muy lejos de ser el de la concordancia de voluntades que querían los clásicos) y que exige de los cuatro intérpretes no sólo una extraordinaria conjunción técnica, sino también una resistencia física fuera de serie.

Tras el ciclón del “Allegro” inicial, el lento descenso a los infiernos del “Andante” y la maquiavélica danza del “Scherzo”, arremeter ahora contra este moto perpetuo de corcheas, dominado por un furioso ritmo trocaico, plagado de fortissimi, sforzandi y crescendi, y coronado por una coda marcada prestissimo, exige una tremenda concentración y un sabio racionamiento de las fuerzas a lo largo de la interpretación del cuarteto. Bajar la guardia en este último movimiento y transformarlo en una tarantella alocada y superficial, desprovista de los contrastes dinámicos que reclama Schubert y de su incontestable sentido fatalista, sería frustrar el final lógico que demanda todo el férreo armazón anterior.

lunes, 10 de febrero de 2014

J. Brahms: Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor, op. 83

 

 
 
 
Concierto para piano n° 2 en si bemol mayor, op. 83

1. Allegro non troppo
2. Allegro appassionato
3. Andante
4. Allegretto grazioso
 
Joaquín Achúcarro, piano
Halle Orchestra
James Loughran, director
1982 BBC Proms, Royal Albert Hall de Londres

En una época en que Liszt y Wagner proclamaban la doctrina de la Zukunftsmusik (música del futuro); en un período en que la sinfonía, el cuarteto, y la sonata "abstractas" estaban pasando de moda, Brahms, añorando las glorias del pasado, tomaba la actitud de un Don Quijote musical. Del mismo modo que un artífice fabricante de violines apunta a la perfección de un Stradivarius, Brahms dirigió su vista a la herencia clásica, como patrón con el cual mensurar sus propias obras. Y ya que no había más gran clasicista que Mozart, ni más profundo contrapuntista que Bach, ni lirista más refinado que Schubert, ni sinfonista más enjundioso que Beethoven, Brahms tuvo como norte emular esos modelos. La originalidad, la novedad y las nuevas orientaciones se habían enseñoreado en la música contemporánea, que contemplaba con indiferencia las tradiciones clásicas. Debía, pues, haber alguien que las mantuviera vivas.

            La perspectiva de un Bach, Mozart o Beethoven vigilando figurativamente desde el propio hombro la labor de creación, debería ser motivo bastante para inhibir o neutralizar a cualquier compositor, al margen de la individualidad que pudiera poseer. Consideradas las cosas desde este punto de vista, sería mucho más simple ser "revolucionario" que componer a la sombra de un pasado sin posibilidades de superarlo. Brahms, de maduración temprana, optó por el segundo camino, aunque con los ojos bien abiertos. La nómina de sus obras es una ilustración vívida de su lucha permanente por la perfección formal. Los opus 1, 2 y 5 nos lo muestran midiéndose con la sonata de piano. Que fracasara en sus tentativas (Schumann las consideraba "sinfonías veladas" debido a la "grandiosidad" y carácter no pianístico de las mismas), tiene menos importancia que el hecho de que sus preferencias se inclinaran hacia la sonata (un síntoma de su reacción frente al Romanticismo), en lugar de elegir las piezas breves de piano, entonces tan populares. En el opus 9 vuelve a la Variación. Antes de aventurarse en los dominios más egregios de la música de cámara (el cuarteto de cuerdas), experimenta con el trío, el sexteto, el cuarteto de piano, etc. Brahms no compuso una sinfonía hasta pasados sus cuarenta años y tras haber explorado a fondo el idioma orquestal en sus Variaciones sobre un tema de Haydn, y en las dos Serenatas para orquesta. Cada nueva obra de Brahms fue precedida de un largo período de gestación.

En una característica explosión de acidez, Hugo Wolf dijo en cierta ocasión de Brahms —entre otras cosas— que era "un mero copista". Aun cuando en muchos casos trabajó directamente sobre los moldes clásicos, difícilmente podría considerársele el imitador servil que el duro crítico del Wiener Salonblatt nos induce a creer. Juzgada a la luz de sus propios méritos, la música "manufacturada" de Brahms sostiene la comparación con las más revolucionarias creaciones de Liszt o de Wagner.

Si bien en muchos aspectos Brahms estaba en las antípodas de Wagner, ambos tenían puntos de contacto. En las óperas del segundo y en los conciertos del primero, los solistas responden a una concepción sinfónica. A menudo, Brunilda —walkyria preferida de Wotan— está sumergida en un mar instrumental, y el desdichado pianista de un concierto de Brahms lucha contra un pasaje de dificultades insuperables mientras al mismo tiempo se ve obligado a tomar un papel subordinado frente al "tutti". En su propósito de eliminar el despliegue técnico por el despliegue en sí, el compositor relega el solo instrumental a tal distancia que lo convierte simplemente en otro instrumento más.

Si se exceptúa el enfoque puramente musical, no virtuosista de los conciertos, la complicada escritura pianística de Brahms es disuasoria para quienes no sean expertos virtuosos. La pianista inglesa Harriet Cohen ha escrito: "Siempre me ha desconcertado la manera 'elefantina' en que Brahms se ha distendido sobre todas las claves en sus composiciones de piano, no obstante lo atractiva que pueda resultar tal característica". Superpóngase a esto los intrincados patrones rítmicos cruzados del autor, y el resultado es tan desafiante para el solista (y el director), como lo es el Monte Everest para el escalador de montañas.

En la primavera de 1878, Brahms viajó a Italia con sus amigos Karl Goldmark y Theodor Billroth. Después de un mes de recorrer paisajes y aburrirse con la ópera italiana (que según Brahms, se componía nada más que de cadencias finales), el compositor volvió a su retiro veraniego en los Alpes Austriacos, Poertschach, a la vera de un hermoso lago azul. Allí trazó los patrones para su segundo concierto de piano, pero abandonó  su desarrollo para dedicarse a su primera sonata de violín y su concierto para el mismo instrumento. Tres años más tarde, volvió Brahms a visitar Italia (la segunda de sus ocho giras) y regresó a Pressbaum el 22 de mayo. En esta pequeña villa, próxima a Viena, concluyó su Concierto en si bemol mayor el 7 de julio de 1881. Ese mismo día escribió a Elizabeth von Herzogenberq: "No tengo pudor en decirle que he escrito un concierto de piano flojo, muy flojo; con un scherzo flojo, muy flojo. Está en la tonalidad de Si bemol y tengo razones para temer que he urgido esta ubre —que anteriormente ha dado buena leche— demasiado a menudo y demasiado vigorosamente." La exigida "ubre" rindió uno de los más extensos y más ambiciosos conciertos en la historia de la música.

Brahms tocó "el largo terror" (como llamaba a su nueva creación) con Ignaz Brüll, a dos pianos y en presencia de "las víctimas" Billroth y Hanslick. Habiendo sido recibido en forma favorable, Brahms llamó la atención de Hans von Bülow sobre su opus 83. Bülow, director musical de la corte de Meiningen desde 1880 y ex adepto de Wagner (cuya primera esposa había sucumbido a los encantos del autor de Tristán e Isolda once años antes), era uno de los más extraordinarios directores de su tiempo y se hallaba al frente de una de las primeras orquestas europeas. Profundamente impresionado con la música de Brahms —particularmente con la Sinfonía n° 1—, Bülow puso su orquesta a disposición del compositor para los ensayos de sus nuevas creaciones sinfónicas. Después del estreno del Concierto para piano n° 2 en Budapest, el 9 de noviembre de 1881, Brahms lo dio a conocer en Meiningen el 27 de noviembre, actuando como solista bajo la dirección de von Bülow.

La mayoría de los críticos convinieron en que no se trataba de un concierto en el sentido corriente. Hanslick lo describió como una "sinfonía con piano obligado"; otros lo llamaron "música de cámara en gran escala". Hay algo de verdad en ambos puntos de vista, pero ninguno de ellos nos da el panorama completo.

Apartándose de los tres movimientos habituales en todo concierto clásico, Brahms agregó un cuarto, en forma de scherzo. Cuando se le interrogó al respecto contesto: "Bueno, como ven ustedes, el primer movimiento es demasiado simple". Como de costumbre, el músico estaba subestimando la importancia de sus composiciones. Desde el comienzo, el concierto asume proporciones sinfónicas. Los temas son tratados de conformidad a un estricto modelo clásico. Con la inventiva de un Schubert, Brahms introduce no menos de siete melodías en el primer movimiento, y a continuación se lanza a una maravillosa serie de entrelazados temáticos, en un tour de force no sobrepasado hasta el presente. El Scherzo, un allegro appassionato, es en la clave contrastada de Re menor, descrito por Brahms, como un "pequeño scherzo"; el segundo tiempo se abre con un tema apasionado para piano solo. No tan intrincado como el primer movimiento, el scherzo no es por ello menos intenso y rico en hallazgos. Un tema para la cuerda al unísono es opuesto a la vigorosa apertura y expandido por el piano, que reintroduce el primer tema bajo un ropaje más lírico. Se hace presente una tercera melodía, de textura un tanto heroica. Con gran habilidad contrapuntística Brahms desarrolla su material en una de sus más sucintas y perfectamente balanceadas expresiones. Por último hallamos un episodio de reposo en el tercer movimiento, Andante, que comienza con un solo de cello sobre una melodía que posteriormente el autor utilizó en su lied Immer leiser wird mein Schlummer ("Siempre más quedo se hace mi sueño"). El piano entra en los dos últimos compases del tema inicial, con varios meditativos arpegios. Pronto la placidez se quiebra con un incansable diálogo entre el solista y el "tutti". Y luego, tras una inesperada modulación, nos encontramos frente a una nueva melodía que según la poética descripción de Tovey "consiste en unas pocas notas espaciadas como las primeras estrellas que pueblan los cielos en el crepúsculo". Sigue una recapitulación del primer tema, esta vez con comentarios del piano. Aún los más grandes compositores, ocasionalmente, nos han dejado insatisfechos con los movimientos finales de obras fundamentales. En el cuarto movimiento de su segundo concierto, sin embargo, Brahms nos proporciona el broche adecuado sin perder de vista el largo recorrido que se halla a punto de completar. Cuatro rutilantes temas, pasan del solista a los coros instrumentales para concluir una de las más geniales creaciones del repertorio del concierto para piano.


 
Joaquín Achúcarro Arisqueta nació el 1 de Noviembre de 1932 en Bilbao. Dio su primer concierto con trece años, habiendo aprendido a tocar el piano con sus padres. Tras realizar sus estudios musicales en el conservatorio de su ciudad, y posteriormente en otras ciudades de España, como Madrid (donde estudió con profesores de la talla de José Cubiles) y Europa, la fama le llegó a nivel internacional a través del Concurso Internacional de Liverpool, donde triunfó, ganando el primer premio en 1959. Ello, pues, le lanzó como un gran pianista, siendo invitado por grandes orquestas, como la Sinfónica de Londres. A partir de ese momento, actuó en países de todo el mundo. Ha tocado junto a 202 orquestas, entre las que destacan la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Nueva York, la nombrada Sinfónica de Londres, la Sinfónica de Chicago, la Filarmónica de Los Angeles, la Sinfónica de Dallas, la Ciudad de Birmingham, la sinfónica de RTE Dublin, etc. y junto a más de 300 directores de orquesta.

En el año 1992, el Gobierno de España le concedió el Premio Nacional de Música, y cuatro años más tarde la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. En el año 2000, la Unesco le nombró artista por la paz, por sus contribuciones a la causa.

Desde 1990 imparte clases en la Universidad Metodista de Dallas, dedicándose también a la grabación de discos y a dar conciertos. En el año 2003 presentó en la editorial Alpuerto una biografía desde el piano, en forma de diálogo, en la que colabora también el profesor y pianista Luciano González Sarmiento.

Es Comendador de la Orden de Isabel la Católica, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y Académico Honorario de la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias de Granada.

lunes, 3 de febrero de 2014

Robert Schumann: Sinfonía Nº 4 en re menor, op. 120


Orquesta Sinfónica de Galicia
Michail Jurowski, director

La versión de 1851 tiene cinco movimientos que se presentan uno tras otro, sin pausa entre ellos:
1. Ziemlich langsam - Lebhaft (re menor)
2. Romanze: Ziemlich langsam (la menor)
3. Scherzo: Lebhaft (re menor)
4. Etwas zurückhaltend - Langsam (sol menor)
5. Lebhaft (re mayor)
 La versión de 1841 consta de cuatro movimientos y usa la notación italiana de los tempi:
1. Andante con moto - Allegro di molto (re menor? re mayor)
2. Romanza: Andante (la menor)
3. Scherzo: Presto (re menor)
4. Largo - Finale: Allegro vivace (re mayor)
Aunque la producción sinfónica de Schumann ha sufrido grandes críticas, sobre todo en lo referente al manejo de la orquestación, no se deben desconocer las virtudes presentes en la estructuración formal de sus cuatro sinfonías. La Cuarta debe más su denominación al hecho de haber sido la última de las sinfonías de Schumann en ser revisada que a su orden de composición, puesto que realmente fue la segunda en ser escrita. Esta obra fue compuesta en 1841. Su estreno se llevó a cabo en Leipzig, el 6 de diciembre del mismo año, bajo el título de Fantasía Sinfónica, hecho que muestra el propósito de Schumann de romper con la tradición clásica. La versión definitiva se escuchó por primera vez en Düsseldorf, logrando una gran acogida, en 1853. Los movimientos, comenta François-René Tranchefort, “se encadenan y los temas circulan a través de ellos; es ya la puesta en marcha del principio cíclico”.
El carácter de esta sinfonía, de acusada melancolía aunque enérgico, está ya definido en la lenta introducción. El tema principal, semejante a un arabesco, es de un admirable atrevimiento, presentándose como una figura que se eleva, para descender a continuación, en una dinámica ondulante que domina todo el primer movimiento y del que dependen los numerosos motivos secundarios. La atmósfera exaltada de la conclusión, en modo mayor, es interrumpida súbitamente por un acorde en re menor que da entrada a una melancólica romanza.

R. Schumann: Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 "Renana"

Orquesta Sinfónica de la Radio Danesa
Thomas Dausgaard, director


Escrita en un tiempo record en diciembre de 1850 y estrenada en Düsserldorf el 6 de febrero de 1851 bajo la dirección del compositor, pese a estar catalogada como la nº3, es la cuarta del ciclo sinfónico de Schumann.

Efectivos orquestales: dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales y sección de cuerda

Lamentablemente, la obra sinfónica de Robert Schumann siempre ha estado puesta en entredicho debido a la superioridad creativa de sus obras para piano o sus lieder, por una parte, y a la “discreta” orquestación de sus composiciones, asunto este que ha dado mucho que hablar y que ha provocado no pocas polémicas y discusiones. Schumann siguió las huellas que marcaron Beethoven y Schubert creando un discurso propio, muy próximo al de su gran amigo Mendelssohn. Schumann abonó el terreno a Brahms en un ejercicio que, sin apartarse del todo de las formas clásicas preestablecidas, tuvo como principal característica la cohesión de pequeñas células musicales que conferían unidad a la obra.

La música sinfónica de Schumann ha sufrido los juicios despreciativos sobre sus procedimientos de orquestación, severamente criticados por la utilización de armonías muy poco trabajadas y de opacas sonoridades masivas, entre otras acusaciones. Pero, en lo subjetivamente cierto que pueda haber en estas arriesgadas afirmaciones, a nadie se le puede escapar que una de las mayores autoridades de la escuela alemana de dirección, el mítico Wilhelm Furtwängler, declaró en numerosas ocasiones que la instrumentación schumanniana es original, bella y, en absoluto, pobre.

Schumann dio prioridad al enriquecimiento melódico por encima de la forma académica de orquestación, sobre todo en una época de continua innovación tecnológica de los distintos instrumentos musicales. Criticar con simpleza la pretendida carencia en la orquestación de Schumann aludiendo a su poco sentido “tímbrico” es algo que puede hacerse extensivo incluso a Bruckner, de ahí lo precipitado de ciertos juicios apriorísticos sobre la manida y ya molesta idea de la ”mala” orquestación de Schumann. Ciertos pasajes de su obra sinfónica (Sobre todo en la Segunda Sinfonía) son verdaderos prodigios de instrumentación.

I. Vivace, en compás de 3/4 y mi bemol mayor, arranca de manera brillante e impetuosa el tema principal, rítmicamente sincopado, y supone todo un ejemplo de monotematismo a lo largo del movimiento, sacrificando de alguna manera la variedad temática. Este precioso e inolvidable tema (al que Brahms hace un guiño en el arranque de su tercera sinfonía) es continuamente impulsado a través de las distintas secciones orquestales, frecuentemente apoyadas por los nerviosos trémolos de la cuerda. Un staccato enlaza al lírico segundo tema, expuesto por las maderas bajo la atenta escolta de la cuerda. El desarrollo posee una notable cohesión orgánica, con una elevada dosis de vitalidad rítmica que se deriva de los continuos saltos de cuarta con que arranca en sí la obra. El segundo motivo melódico no puede evitar la intromisión del tema principal a lo largo de todo el desarrollo, sobre todo cuando la trompa llama al orden jerárquico de dicho primer tema en el ecuador del movimiento. La coda no deja de ser la continuación natural de la reexposición, impregnada en todo momento por el referido monotematismo que abarca el núcleo principal del movimiento. Este movimiento es toda una explosión de alegría y supone, de alguna manera, un homenaje a la vieja Alemania.

II. Scherzo, en do mayor, y originalmente titulado “Mañana en el Rin”. Realmente tiene poco de Scherzo, propiamente dicho, siendo en mayor medida un vals con variaciones. Es expuesto por violas y violonchelos y repetido posteriormente. El trío, en la menor, es una bella melodía de fuertes contrastes, llevando la voz los instrumentos de viento mientras que los bajos prolongan un continuo trémolo en do. Todo el movimiento adquiere una connotación ensoñadora que paulatinamente se va autodisolviendo.

III. Andante, en la bemol mayor. Brevísimo, tan solo 54 compases. Es una cancioncilla muy directa, presentada por la madera y elaborada por la cuerda, que sirve de transición entre los movimientos segundo y cuarto. El violín concertino adquiere un cierto protagonismo en todo el movimiento, que concluye de forma poética y sensual. Posiblemente, la exposición tan abierta de este movimiento requiera de otro movimiento “lento”, el que vendrá a continuación, y ello implica la peculiar construcción de esta sinfonía en cinco movimientos en vez de los cuatro tradicionales.

IV. Maestoso, en mi bemol menor, es una magistral página sinfónica que demuestra a las claras el notable dominio del compositor en la expresión orquestal. Fue inspirado a Schumann por la contemplación de la catedral de Colonia y tiene pinceladas programáticas que anticipan, en la expresión estática de esta especie de himno, algunos pasajes de Mahler. El contrapunto, trabajadísimo y en claro homenaje a Bach, se construye en un único motivo cuya melodía progresa en cuarta ascendente. Toda la escritura musical tiene reminiscencias de la música catedralicia de fines del Renacimiento. Los trombones adquieren un trascendente protagonismo y no dejan de impresionar, ante las conmovedoras respuestas de la cuerda.

V. Vivace, es también un movimiento bellamente contrastado. Retoma al ambiente constructivo del movimiento inicial de la obra, con un tema de excepcional fuerza rítmica. El ya mencionado intervalo de cuarta sirve de armazón para el desarrollo de todo el movimiento. Preciosa atmósfera de danzas y alegría popular aunque hacia el final se recupera el motivo religioso del movimiento precedente, esta vez en modo mayor. La coda, piú vivace, es una lograda síntesis temática de toda la sinfonía, aspecto que confirma el ideal orgánico con el que Schumann elaboró su material sinfónico. La obra concluye con un brillo radiante y optimista.