domingo, 25 de noviembre de 2012

M. Ravel - Boléro

Orquesta Filarmónica de Berlín

Daniel Barenboim, director


Los últimos años de Maurice Ravel fueron una verdadera tortura. Era casi un muerto viviente, incapaz de comunicarse con el exterior. Insomnio, fatiga, pérdida de movimiento en las manos, fases de amnesia y afasia. Pero al mismo tiempo perfectamente consciente de que estaba perdiendo vocabulario, que era incapaz de recordar como se escribía una carta y que miraba impotente a los muchos admiradores que le tendían un papel y un lápiz en busca de un autógrafo.
Se pasó toda su vida intentando ocultar, o al menos disimular, sus propios sentimientos y tuvo como colofón la imposibilidad de demostrar nada que no fuera impasibilidad. Cuando por fin los médicos decidieron operarle, para intentar abrir la espesa niebla que rodeaba su cerebro, sólo consiguieron sumergir a Ravel en una dulce agonía de ocho días, tras la que murió, el 28 de diciembre de 1937.Desde 1919, tras la muerte de Claude Debussy, Ravel era el rey indiscutible de la música francesa. Un soberano al que, por timidez, le repugnaba gobernar; aclamado por el público, pero con los primeros rechazos por parte de algunos de los compositores más jóvenes, que ya veían en él a un representante del sistema establecido. Maurice Ravel es el autor de la obra musical escrita en el siglo XX más famosa del mundo, y, sin embargo, incluso él mismo dudaba de que fuera realmente una "composición". El Bolero nace de la combinación de dos rasgos muy característicos de Ravel: su pereza a la hora de ponerse a escribir y su pasión por marcarse retos y superarlos.

La bailarina Ida Rubinstein le pidió una obra escrita expresamente para ella. Ravel pensó en orquestar alguno de los números de la Iberia de Isaac Albéniz para cumplir el encargo sin demasiado esfuerzo. Con el trabajo empezado se entera de que el director español Enrique Fernández Arbós tenía la exclusiva para orquestar las obras de Albéniz y abandona su proyecto. Arbós, por su parte, informado de que Ravel está trabajando en la Iberia le cede generosamente sus derechos. Pero Ravel es demasiado considerado y no quiere perjudicarle, aunque al mismo tiempo ya se había hecho a la idea de no trabajar demasiado; no quería componer sino sólo orquestar, y eso es exactamente lo que hace: escribe un único tema y lo repite machaconamente desde el principio al final de la obra. Tampoco modifica ni un ápice el ritmo.
La primera parte, la de trabajar poco, ya estaba; faltaba el reto, y Ravel se impuso lograr una obra atractiva usando exclusivamente la técnica de la orquestación. Eso es el Bolero: una acumulación constante de instrumentos que repiten la misma música cada vez más fuerte. Cuando se le acabaron los instrumentos normales de la orquesta empezó a añadir el saxofón, el oboe de amor, la trompeta y el clarinete con afinaciones poco habituales. La graduación del volumen y la brillantez del sonido es tan perfecta que en ningún momento se tiene sensación de monotonía y todo se resuelve en una explosión final.
El experimento resultó un éxito y desde entonces su gloria ya no tuvo límites. A Ravel le llamaban de todo el mundo para que dirigiera su Bolero que, aunque se estrenó efectivamente como un ballet, en la Ópera de París el 20 de noviembre de 1928 por Ida Rubinstein, muy pronto se desprendió de su envoltorio coreográfico para mostrarse con la más absoluta crudeza en las salas de concierto. En contra de los pronósticos poco optimistas del propio Ravel el Bolero se impuso en los programas de las orquestas y desde los conciertos pasó a los medios de difusión, a los más característicos del siglo XX, primero la radio y luego el cine, que ha tratado el Bolero con todos los matices posibles, desde las parodias de Cantinflas hasta las elucubraciones erótico-filosóficas de la actriz Bo Derek.
De la fama internacional de Ravel puede dar idea el que el compositor George Gershwin -rico y muy popular gracias a su Rapsody in blue- quiso que Ravel le diera clases para perfeccionar su técnica. El autor del Bolero se negó con un diplomático elogio: "Por qué quiere ser usted un mal Ravel cuando ya es un excelente Gershwin".
Lo más curioso de Ravel es que ese reconocimiento de sus colegas y del público no encontró nunca un respaldo oficial. A lo largo de su vida se sucedieron varios "casos Ravel", que la prensa aireó con escándalo. En su juventud, con sus primeros triunfos en el currículum, se le negó en varias ocasiones la máxima distinción francesa a los artistas menores de 30 años: el Premio Roma. Se le adelantaban músicos de menor talento, pero más respetuosos con las normas académicas; la última vez que le suspendieron en el examen del Premio Roma el jaleo que se armó fue de tales proporciones que le costó el puesto al director del Conservatorio de París, que era miembro del jurado. En sus años de gloria el estado francés intentó reparar esos pecados de juventud y quiso concederle la Legión de Honor, pero una desafortunada serie de desencuentros acabaron por eliminarle de la lista. Y por supuesto los Académicos jamás le aceptaron entre sus filas. No faltaba más, era uno de los fundadores de un grupo de artistas que aceptaron como denominación el término "Apaches": un insulto que les dirigió un quiosquero de periódicos que se sintió atropellado por aquellos jóvenes que se retiraban con las luces del día, después de una noche de juerga. Eran los mismos que fundaron una Sociedad de Música Independiente para organizar conciertos en los que estrenar sus obras, fuera de los circuitos académicos que les cerraban sus puertas. Una Sociedad que, a despecho de las instancias oficiales, revolucionó la música francesa e hizo de París una vanguardia en los primeros años de este siglo. La I Guerra Mundial supuso la ruptura de esa situación y desencadenó en Ravel una profunda crisis. No sólo se sintió incapaz de componer durante el conflicto, sino que se dejó arrastrar por la necesidad de combatir por su país. En contra de los consejos de sus amigos y de sus médicos se empeño en alistarse y se aplicó en conseguirlo con la misma meticulosidad con la que componía. Fue declarado inútil porque no daba la talla de altura ni el ancho de pecho. Se presentó voluntario y tuvo que mover todas sus influencias para al final, después de año y medio de gestiones, lograr su ingreso en el Ejército. No en aviación, como Ravel pretendía, sino en un mucho más modesto destino de conductor de camión en el frente de Verdún, como soldado de segunda clase. Pero tenían razón los que aseguraban que Ravel no valía como soldado: al cabo de sólo siete meses los médicos le encuentran tan mal que le dan un destino en retaguardia, al que no llega a incorporarse porque va directamente a un hospital, del que sólo saldrá para asistir a los últimos momentos de la vida de su madre y marcharse luego a hacer una cura de reposo.
La guerra será también la causa indirecta de otra de las obras más espectaculares de Ravel. El pianista austriaco Paul Wittgenstein -hermano de Ludwig, el filósofo- había perdido el brazo derecho en la contienda y, para poder continuar con su actividad artística, solicitó a varios compositores obras pianísticas que se pudieran tocar con una sola mano. A Ravel le apasionó tanto el reto que dobló la apuesta y escribió simultáneamente el Concierto para la mano izquierda, en el que la presencia del piano es tan poderosa como si se tocara con las dos manos, y el Concierto en sol escrito para su propio consumo, ya que eran tantas las invitaciones que tenía para dirigir el Bolero que quería otra obra para presentarse ante el público en su condición de pianista y evitar así empuñar la batuta, porque en la dirección se sentía menos seguro que ante el teclado o como compositor.
Se señala el origen suizo de su padre para justificar el carácter tan perfeccionista y minucioso a la hora de componer. De hecho el siempre acido Stravinski, para insultar -o quizá para elogiar- a Ravel, le llamaba "relojero suizo". También se destacan los orígenes españoles de su madre para explicar la atracción de Ravel hacia los temas ibéricos.
Pero el Bolero ni siquiera responde con exactitud al ritmo de la danza española y otras obras de la producción de Ravel, como la Pavana para una infanta difunta o la Alborada del gracioso, deben su título a que la sucesión de sonidos en castellano le resultaba agradable al compositor, sin que respondan a una intención de describir temas concretos.
Ravel que fue siempre un músico "moderno", con un lenguaje que pertenece sin duda al siglo XX, supo encontrar la fórmula de hacer al mismo tiempo una música muy bonita, lo que le ha permitido no romper nunca con el público. Su obra no ha tenido que pasar un "purgatorio" para ser finalmente aceptada, sino que fue reconocida desde el mismo momento en que la escribió.

 

 

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