jueves, 29 de noviembre de 2012

Richard Wagner: "Tannhäuser" (Acto I)




 







VERSIÓN DE PARÍS
Hans Sotin, Spas Wenkoff, Bernd Weikl, Robert Schunk, Franz Mazura, John Pickering, Heinz Feldhoff, Gwyneth Jones
Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth
Colin Davis, director
Götz Friedrich, director escénico
John Neumeier, coreógrafo





Resumen


Tannhäuser und der Sängerkrieg auf Wartburg (“Tannhäuser y el torneo de cantores de Wartburg”) es una ópera pero también muchas al mismo tiempo. Estrenada en Dresde en 1845, nació como romantische Oper alemana, pasó a ser una grand opéra francesa representada en París en 1861 y terminó siendo una especie de híbrido de ambas que nunca dejó satisfecho a su compositor. Ello no impide que sea una de los títulos más bellos y sensuales de Richard Wagner, que caminaba ya con paso firme hacia la concepción de un drama musical de proporciones e intensidad desconocidas. La trama combina dos leyendas medievales alemanas: la historia del caballero cruzado Tannhäuser que, tras habitar en el sensual Venusberg (“El monte de Venus”) buscó la redención papal, y la del Minnesänger Heinrich von Ofterdingen, que participó en el torneo de cantores del castillo de Wartburg. A través de ambas se representa la lucha del protagonista entre el mundo del placer del reino de Venus y el orbe del arrepentimiento piadoso de los peregrinos y los caballeros cruzados; junto a ello se sitúa el sacrificio de su enamorada Elisabeth que le permitirá alcanzar la redención mas allá de la muerte.

Argumento

La obertura de la ópera distingue musicalmente entre el mundo piadoso de los peregrinos, cuyo solemne tema coral entonan al principio clarinetes, fagotes y trompas, y el mundo pecaminoso del Venusberg, cuyo tema sinuoso y sugerente aparece poco después acompañado por el tenso crepitar de los violines en divisi.

Acto I
Escena I
La primera escena de la ópera, que enlaza sin pausa con la obertura, se sitúa en la gruta del Venusberg (en el interior del Hörselberg de Eisenach) y constituye una delirante bacanal en donde se desarrollan los motivos musicales del Venusberg escuchados en la obertura.
Se inicia con un cuadro de seducción y desenfreno erótico en el que un cortejo de bacantes incita al placer a parejas de jóvenes y ninfas. Le sigue una danza de sátiros y faunos al ritmo frenético de las castañuelas, que se unen a las bacantes y a las parejas amorosas.
Tras la intervención de las tres Gracias y los cupidos, el ambiente se serena y escuchamos  a lo lejos el coro de sirenas “Naht euch dem Strande” que invitan a acercarse allí para disfrutar del amor.

Escena II
La acción se sitúa en el mismo lugar; Tannhäuser se despierta bruscamente de un sueno y Venus le pregunta por sus pensamientos. El Minnesänger le confiesa que echa de menos los gozos sencillos de su vida anterior. Animado por la diosa, canta acompañado por el arpa las dos primeras estrofas del himno a Venus “Dir töne Lob”, a las que añade la petición final de que le permita marchar. Esa petición molesta a Venus que despliega sus encantos para convencerle de que se quede en “Geliebter! Komm!” con un etéreo fondo de violines y flautas.
Tannhäuser esta decidido a irse y eleva el tono de su súplica acompañado ahora por toda la orquesta; ello provoca a Venus que profetiza encolerizada en “Zieh hin, Wahnsinniger” que si se marcha volverá a ella humillado. La diosa le suplica desesperada y, en medio del fragor de la discusión, Tannhäuser se encomienda a la virgen María; Venus y el Venusberg desaparecen.

Escena III
Tannhäuser esta ahora en un hermoso valle frente al castillo de Wartburg en primavera. Una melodía en el clarinete desarrollada por el corno inglés introduce el canto de un pastor acompañado por  su caramillo, al que sigue el solemne coral a cappella de los viejos peregrinos que van a Roma a expiar sus culpas.
Al verlos llegar, el pastor los saluda y Tannhäuser realiza una piadosa exclamación de rodillas. Los peregrinos siguen su camino y el caballero siente al verlos la carga de sus pecados; el canto a cappella de los peregrinos en la lejanía se mezcla con el eco de una fanfarria de trompas de caza.

Escena IV
A continuación hace su entrada el landgrave Hermann con cinco caballeros cantores: Wolfram von Eschenbach, Walther von der Vogelweide, Biterolf, Heinrich der Schreiber y Reinmar von Zweter. Reconocen a Tannhäuser y se unen a Wolfram en una efusiva bienvenida cantando “Gegrüsst sei uns”. Pero Tannhäuser quiere seguir su camino y las insistencias del landgrave y los caballeros desembocan en un septeto que culmina con la invocación de Wolfram a Elisabeth, la joven sobrina del landgrave. Tannhäuser se detiene al escuchar ese nombre y su amigo le explica que al vencer en el ultimo torneo de cantores también había conquistado el corazón de la joven; Wolfram canta el aria “War’s Zauber, war es reine Macht?” coronada con un breve sexteto del landgrave y sus caballeros cantores. Tannhäuser pide conmovido que le lleven ante ella y encabeza el septeto “Ha, jetz erkenne ich sie wieder” que concluye el acto en medio de una gran algarabía orquestal y los sones de las trompas de caza.
 


Comentarios
Tannhäuser es un minnesänger, es decir, uno de aquellos poetas germánicos medievales que componían y cantaban «cantos de amor» (minnesang) según las normas tradicionales –retóricas y temáticas– de composición. Wagner utiliza este personaje legendario para presentar un individuo escindido, como artista, entre dos opciones antagónicas: cantar el amor convencional a una dama, tal como era preceptivo en la tradición trovadoresca, o alabar, explícitamente, el erotismo amoroso, lo que se presenta como una opción tan insólita como escandalosa.
Para mostrar dramáticamente este antagonismo, Wagner presenta Tannhäuser atraído por dos figuras femeninas opuestas: la diosa Venus, situada en el Venusberg, un espacio mítico, pagano y voluptuoso, y Elisabeth, que vive en Wartburg, un espacio real, cristiano y espiritual. En el transcurso de la ópera, Tannhäuser se sentirá atraído, alternativamente, por el deseo de Venus y por el amor de Elisabeth. Por eso, cuando tras pasar un tiempo en el Venusberg, el personaje regresa a Elisabeth e interviene como poeta en un certamen de minnesänger, su pasión le traicionará y elogiará, ante todo el mundo, el deseo sexual, en un vibrante himno a Venus.
La intolerancia ante lo que se considera una poesía obscena condena a Tannhäuser. Sin embargo, Elisabeth, que le ama, intercede en su favor y el landgrave de Turingia y tío de Elisabeth, Hermann, sentencia que el poeta deberá peregrinar a Roma para obtener el perdón del Papa.
Pero cuando Tannhäuser vuelve sin haber conseguido su perdón y decide regresar al Venusberg, el supremo sacrificio de Elisabeth, que ha ofrecido su vida a la Virgen María para salvarle, le conmueve hasta morir, floreciendo en señal de perdón el báculo papal.
Tannhäuser, estrenada en Dresde en 1845, contiene algunos bellísimos fragmentos especialmente populares, como la famosa obertura que se cierra con la bacanal, la «Plegaria» que canta Elisabeth y la «Canción de la estrella» que canta el minnesänger Wolfram, en el segundo acto, o los coros de peregrinos de los actos primero y tercero.
La presentación de Tannhäuser en París (1861) fracasó y sólo pudieron llevarse a cabo tres representaciones. Algunos escritores (Baudelaire, Gautier, Chamfleury, Nerval) defendieron la ópera, sin embargo, con entusiasmo. Charles Baudelaire había descubierto la música de Wagner en un concierto (Théâtre Italien, 1860) dirigido por el compositor. El impacto que le causó aquella música le impulsó a escribir una carta a Wagner, a quien no conocía, para intentar describirle su emoción. Como subrayó Wagner (Mi vida, 1874), Baudelaire tuvo que recurrir a imágenes pictóricas para explicar lo que sentía. A continuación se reproducen algunos fragmentos de esta carta (17 de febrero de 1860):
«Antes que nada, quiero decirle que le debo el mayor gozo musical que jamás haya experimentado. [...] Habría dudado mucho en manifestarle por carta mi admiración si mis ojos no hubiesen tropezado cada día con artículos indignos, ridículos, en los que se hacen todos los esfuerzos posibles para difamar su genio. [...]
Por fin, la indignación me ha decidido a testimoniarle mi reconocimiento; me he dicho a mí mismo: quiero distinguirme de todos estos imbéciles. La primera vez que fui a los [al Teatro de los] Italianos a escuchar sus obras, lo hice con mala disposición e incluso –lo confesaré– lleno de prejuicios; [...pero] usted me convenció inmediatamente. [...] Lo que más me impresionó de su música fue su grandeza [...]. Sentí toda la majestuosidad de una vida más grande y abierta que la nuestra. Más todavía: a menudo experimenté un sentimiento de unas características muy singulares: el orgullo y el placer de comprender, de dejarme penetrar e invadir –voluptuosidad realmente sensual– que se asemeja mucho a la de volar por los aires o a la de balancearse en el mar [...].
En toda su obra hay algo de arrebatado y de arrebatador, algo que aspira a elevarse más alto, algo de excesivo y superlativo. Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado de la pintura, su música me hace imaginar que tengo ante mis ojos una inmensa extensión de un rojo intenso y oscuro. Si este rojo es la pasión, veo cómo se va transformando gradualmente, pasando por todos los matices del rojo y del rosa, hasta llegar a la incandescencia de la hoguera. Se diría que es difícil, incluso imposible, que este rojo se convierta en nada más ardiente, y, no obstante, un último latigazo traza una estela más blanca todavía que el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si usted me lo concede, el grito supremo del alma [...].»


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