lunes, 3 de febrero de 2014

Robert Schumann: Sinfonía Nº 4 en re menor, op. 120


Orquesta Sinfónica de Galicia
Michail Jurowski, director

La versión de 1851 tiene cinco movimientos que se presentan uno tras otro, sin pausa entre ellos:
1. Ziemlich langsam - Lebhaft (re menor)
2. Romanze: Ziemlich langsam (la menor)
3. Scherzo: Lebhaft (re menor)
4. Etwas zurückhaltend - Langsam (sol menor)
5. Lebhaft (re mayor)
 La versión de 1841 consta de cuatro movimientos y usa la notación italiana de los tempi:
1. Andante con moto - Allegro di molto (re menor? re mayor)
2. Romanza: Andante (la menor)
3. Scherzo: Presto (re menor)
4. Largo - Finale: Allegro vivace (re mayor)
Aunque la producción sinfónica de Schumann ha sufrido grandes críticas, sobre todo en lo referente al manejo de la orquestación, no se deben desconocer las virtudes presentes en la estructuración formal de sus cuatro sinfonías. La Cuarta debe más su denominación al hecho de haber sido la última de las sinfonías de Schumann en ser revisada que a su orden de composición, puesto que realmente fue la segunda en ser escrita. Esta obra fue compuesta en 1841. Su estreno se llevó a cabo en Leipzig, el 6 de diciembre del mismo año, bajo el título de Fantasía Sinfónica, hecho que muestra el propósito de Schumann de romper con la tradición clásica. La versión definitiva se escuchó por primera vez en Düsseldorf, logrando una gran acogida, en 1853. Los movimientos, comenta François-René Tranchefort, “se encadenan y los temas circulan a través de ellos; es ya la puesta en marcha del principio cíclico”.
El carácter de esta sinfonía, de acusada melancolía aunque enérgico, está ya definido en la lenta introducción. El tema principal, semejante a un arabesco, es de un admirable atrevimiento, presentándose como una figura que se eleva, para descender a continuación, en una dinámica ondulante que domina todo el primer movimiento y del que dependen los numerosos motivos secundarios. La atmósfera exaltada de la conclusión, en modo mayor, es interrumpida súbitamente por un acorde en re menor que da entrada a una melancólica romanza.

R. Schumann: Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 "Renana"

Orquesta Sinfónica de la Radio Danesa
Thomas Dausgaard, director


Escrita en un tiempo record en diciembre de 1850 y estrenada en Düsserldorf el 6 de febrero de 1851 bajo la dirección del compositor, pese a estar catalogada como la nº3, es la cuarta del ciclo sinfónico de Schumann.

Efectivos orquestales: dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales y sección de cuerda

Lamentablemente, la obra sinfónica de Robert Schumann siempre ha estado puesta en entredicho debido a la superioridad creativa de sus obras para piano o sus lieder, por una parte, y a la “discreta” orquestación de sus composiciones, asunto este que ha dado mucho que hablar y que ha provocado no pocas polémicas y discusiones. Schumann siguió las huellas que marcaron Beethoven y Schubert creando un discurso propio, muy próximo al de su gran amigo Mendelssohn. Schumann abonó el terreno a Brahms en un ejercicio que, sin apartarse del todo de las formas clásicas preestablecidas, tuvo como principal característica la cohesión de pequeñas células musicales que conferían unidad a la obra.

La música sinfónica de Schumann ha sufrido los juicios despreciativos sobre sus procedimientos de orquestación, severamente criticados por la utilización de armonías muy poco trabajadas y de opacas sonoridades masivas, entre otras acusaciones. Pero, en lo subjetivamente cierto que pueda haber en estas arriesgadas afirmaciones, a nadie se le puede escapar que una de las mayores autoridades de la escuela alemana de dirección, el mítico Wilhelm Furtwängler, declaró en numerosas ocasiones que la instrumentación schumanniana es original, bella y, en absoluto, pobre.

Schumann dio prioridad al enriquecimiento melódico por encima de la forma académica de orquestación, sobre todo en una época de continua innovación tecnológica de los distintos instrumentos musicales. Criticar con simpleza la pretendida carencia en la orquestación de Schumann aludiendo a su poco sentido “tímbrico” es algo que puede hacerse extensivo incluso a Bruckner, de ahí lo precipitado de ciertos juicios apriorísticos sobre la manida y ya molesta idea de la ”mala” orquestación de Schumann. Ciertos pasajes de su obra sinfónica (Sobre todo en la Segunda Sinfonía) son verdaderos prodigios de instrumentación.

I. Vivace, en compás de 3/4 y mi bemol mayor, arranca de manera brillante e impetuosa el tema principal, rítmicamente sincopado, y supone todo un ejemplo de monotematismo a lo largo del movimiento, sacrificando de alguna manera la variedad temática. Este precioso e inolvidable tema (al que Brahms hace un guiño en el arranque de su tercera sinfonía) es continuamente impulsado a través de las distintas secciones orquestales, frecuentemente apoyadas por los nerviosos trémolos de la cuerda. Un staccato enlaza al lírico segundo tema, expuesto por las maderas bajo la atenta escolta de la cuerda. El desarrollo posee una notable cohesión orgánica, con una elevada dosis de vitalidad rítmica que se deriva de los continuos saltos de cuarta con que arranca en sí la obra. El segundo motivo melódico no puede evitar la intromisión del tema principal a lo largo de todo el desarrollo, sobre todo cuando la trompa llama al orden jerárquico de dicho primer tema en el ecuador del movimiento. La coda no deja de ser la continuación natural de la reexposición, impregnada en todo momento por el referido monotematismo que abarca el núcleo principal del movimiento. Este movimiento es toda una explosión de alegría y supone, de alguna manera, un homenaje a la vieja Alemania.

II. Scherzo, en do mayor, y originalmente titulado “Mañana en el Rin”. Realmente tiene poco de Scherzo, propiamente dicho, siendo en mayor medida un vals con variaciones. Es expuesto por violas y violonchelos y repetido posteriormente. El trío, en la menor, es una bella melodía de fuertes contrastes, llevando la voz los instrumentos de viento mientras que los bajos prolongan un continuo trémolo en do. Todo el movimiento adquiere una connotación ensoñadora que paulatinamente se va autodisolviendo.

III. Andante, en la bemol mayor. Brevísimo, tan solo 54 compases. Es una cancioncilla muy directa, presentada por la madera y elaborada por la cuerda, que sirve de transición entre los movimientos segundo y cuarto. El violín concertino adquiere un cierto protagonismo en todo el movimiento, que concluye de forma poética y sensual. Posiblemente, la exposición tan abierta de este movimiento requiera de otro movimiento “lento”, el que vendrá a continuación, y ello implica la peculiar construcción de esta sinfonía en cinco movimientos en vez de los cuatro tradicionales.

IV. Maestoso, en mi bemol menor, es una magistral página sinfónica que demuestra a las claras el notable dominio del compositor en la expresión orquestal. Fue inspirado a Schumann por la contemplación de la catedral de Colonia y tiene pinceladas programáticas que anticipan, en la expresión estática de esta especie de himno, algunos pasajes de Mahler. El contrapunto, trabajadísimo y en claro homenaje a Bach, se construye en un único motivo cuya melodía progresa en cuarta ascendente. Toda la escritura musical tiene reminiscencias de la música catedralicia de fines del Renacimiento. Los trombones adquieren un trascendente protagonismo y no dejan de impresionar, ante las conmovedoras respuestas de la cuerda.

V. Vivace, es también un movimiento bellamente contrastado. Retoma al ambiente constructivo del movimiento inicial de la obra, con un tema de excepcional fuerza rítmica. El ya mencionado intervalo de cuarta sirve de armazón para el desarrollo de todo el movimiento. Preciosa atmósfera de danzas y alegría popular aunque hacia el final se recupera el motivo religioso del movimiento precedente, esta vez en modo mayor. La coda, piú vivace, es una lograda síntesis temática de toda la sinfonía, aspecto que confirma el ideal orgánico con el que Schumann elaboró su material sinfónico. La obra concluye con un brillo radiante y optimista.

viernes, 31 de enero de 2014

R. Schumann: Sinfonía nº 2 en Do mayor, op. 61


Mahler Chamber Orchestra

Daniel Harding, director
BBC Proms 2013


Sostenuto assai – Allegro ma non troppo
Scherzo: Allegro vivace
Adagio espressivo
Allegro molto vivace

Dice la historia que en septiembre de 1845 Robert Schumann escribió una carta a su amigo y colega Félix Mendelssohn (1809-1847), en la que le decía, entre otras cosas, que trompetas y tambores sonaban en su cabeza cotidianamente. De ahí, los musicólogos han deducido la inspiración para la segunda de las cuatro sinfonías de Schumann, obra que, en efecto, está marcada de manera importante por las trompetas y los timbales. Sin embargo, esos sonidos de trompetas y tambores en la cabeza de Schumann eran algo más que simple inspiración musical: eran, probablemente, una más de las señales de la enfermedad que al cabo de unos años llevaría al compositor a la tumba.
En 1840 Schumann se había casado con Clara Wieck, joven y prometedora pianista, en contra de la voluntad del padre de ella. Dice la historia que el matrimonio le hizo mucho bien a Schumann, quien desde tiempo atrás había mostrado propensión a la debilidad nerviosa. En 1844 Schumann y su esposa realizaron una gira por Rusia, al final de la cual el compositor sufrió su primer colapso grave, precedido de nerviosismo, depresión y ocasionales pérdidas de la memoria. Debido a ello, Schumann tuvo que abandonar casi por completo sus actividades profesionales, y se mudó a la ciudad de Dresde por indicación de su médico. Hacia el final de su convalecencia Schumann comenzó a oír trompetas y tambores en su cabeza, y se lanzó de lleno a la composición de su Segunda Sinfonía. Al parecer, el compositor realizó el primer bosquejo de la obra rápidamente, en una semana, a la mitad de diciembre de 1845. Sin embargo, la orquestación le llevó mucho más tiempo, debido a los síntomas recurrentes de su enfermedad mental. Así, Schumann dedicó la mayor parte de 1846 a trabajar en su Sinfonía, y la terminó en el mes de octubre.
A su Primera Sinfonía, Schumann le había puesto un subtítulo: Primavera. Y la  Tercera habría de tener también un nombre: Renana. La Segunda y la Cuarta, sin embargo, no llevan título alguno, y respecto a ese asunto, hay un interesante texto escrito por el propio Schumann:
“Los títulos de las obras musicales, que han estado en boga en nuestro tiempo, han sido criticados de vez en cuando, y se ha dicho que la buena música no necesita letreros. Esto es cierto, pero también es cierto que un título no le roba valor a la música, y el compositor, al ponerle título a una obra, evita que haya un completo malentendido sobre el carácter de su música. Si al poeta se le da licencia para explicar el significado de su poema en el título, ¿por qué no habría de hacer lo mismo el compositor? Lo importante es que tal descripción verbal sea significativa y adecuada. Podría ser considerada como una prueba del nivel general de la educación del compositor.”
Tal y como Schumann lo escribió en su carta a Mendelssohn, las trompetas adquieren importancia desde el inicio mismo de la sinfonía; una introducción de carácter misterioso y lento a cargo de las trompetas es el tema unificador de la obra. Después de varias apariciones a lo largo de la sinfonía, este tema reaparece muy cerca del final, primero suavemente como al inicio, pero después con más fuerza y energía. Hay quienes han hallado la sombra de Ludwig van Beethoven en esta obra, lo cual no es del todo extraño, considerando la admiración que Schumann sentía por la música de su ilustre predecesor. Sin embargo, esta posible afinidad estética le fue criticada duramente a Schumann en el periódico Musical World de Londres en 1864.
A raíz de una interpretación de la Segunda Sinfonía, el crítico del Musical World afirmaba que la obra tenía un falso aire de Beethoven, y que Schumann era una especie de Beethoven venido a menos. Es evidente que la solidez musical de la obra contradice directamente lo dicho por el crítico inglés.
La Segunda Sinfonía de Robert Schumann fue estrenada por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846, bajo la dirección de Félix Mendelssohn, quien fue un incansable promotor de la música de Schumann. Después del estreno, el compositor revisó la partitura y realizó cambios sustanciales en la orquestación de su obra, incluyendo entre ellos la adición de tres trombones que no aparecían en la primera versión. La nueva fue tocada once días después del estreno, con el mismo director y la misma orquesta.

G. Mahler: Adagietto de la Sinfonía nº 5

 
World Orchestra for Peace
Valery Gergiev, director

Diez fueron las sinfonías que marcaron el genio creador de Gustav Mahler, aunque la última quedara sin concluir pese a sus deseos. Cada una de sus sinfonías es un mundo, y la Quinta es la primera de una trilogía puramente instrumental y sin programa alguno de lo que con razón se ha denominado su período medio, si bien este ha de entenderse más en el plano de una evolución creadora que en el estrictamente cronológico.

De estas tres sinfonías, en las que Mahler compensa la ausencia de la voz con un nuevo acento sobre la polifonía orquestal, las que más se parecen, al menos exteriormente, son la Quinta y la Séptima. Tanto una como otra tienen cinco movimientos y evolucionan desde las tinieblas a la luz. De una marcha fúnebre inicial a un rondó triunfal. El primer movimiento tiene la forma relativa de sonata, mientras que el segundo se construye sobre dos secciones contrapuestas y el scherzo es un semivals. Viene después el célebre adagietto solo para cuerda que da paso al final en el que el coral es apoteósico. No es la conquista después de una lucha. A excepción del adagietto, la Qunta sinfonía es la más agitada de las del músico bohemio en el sentido humano, demasiado humano.

martes, 28 de enero de 2014

Richard Wagner: Coro de las hilanderas de "El holandés errante"

Coro femenino AIMS
Gala Richard Wagner en Graz

“El holandés errante” (título original en alemán, Der Fliegende Holländer) es una ópera romántica en tres actos con música y libreto en alemán de Richard Wagner, inspirado por las “Memorias del señor de Schnabelewopski", de Heinrich Heine. Se estrenó en la Hofoper de Dresde, el 2 de enero de 1843.

En el Acto II, un grupo de muchachas de una aldea de pescadores noruega están cantando e hilando en la casa de Daland, el patrón del barco pesquero en el que los hombres están faenando en alta mar. (Coro de hilanderas: Summ und brumm, du gutes Rädchen - "Zumba y suena, buena rueda"). Senta, la hija de Daland, mira ensimismada una impresionante imagen del legendario holandés que cuelga de la pared y desea salvarlo de su maldición.