Elisabeth Schwarzkopf, soprano
Edwin Fischer, piano
En este Lied se integran ejemplarmente aspectos líricos y dramáticos. Toma
como base un texto de la primera parte del Fausto,
de Goethe, compuesto por ocho estrofas cada una de cuatro versos y para voz de
soprano. Es un ejemplo de la canción estrófica con variaciones, pues hay
cambios en la música para tener en cuenta ciertos cambios dramáticos cuya
intensidad crece en el poema. Los versos de Goethe son en su mayoría yámbicos,
es decir, cada verso termina en una sílaba larga, a veces acentuada, precedida
de otra corta, como tanto lo usara Shakespeare. De gran valor es la
reproducción de este recurso en la versión de don Otto de Greiff que aquí se
presenta.
Un primer plano lo constituye
el canto, un segundo unas incesantes semicorcheas
a cargo de la mano derecha en el piano que evocan el movimiento de
la rueca, y un tercer plano proviene de un bajo proporcionado por la mano
izquierda que por momentos parece señalar el movimiento del pie sobre el pedal
de la rueca. La soprano se ve muy exigida por un creciente dramatismo que la
lleva hasta casi un grito, pero todo atemperado por las varias repeticiones de
la línea melódica central a partir del texto de la estrofa inicial. Es
manifiesta la creciente intensidad de la voz, y también la dramática suspensión
de ese especie de movimiento perpetuo del piano cuando la voz llega al verso “y
¡ay, su besar!” para luego reanudar en forma vacilante la imagen de la rueca.
La mano derecha del piano no solo da una imagen de la rueda sino que es el
fundamento de la canción. Es destacable que el compositor prefería a veces altas tesituras, nada cómodas para la mayoría de los cantantes, lo cual ha llevado a que algunas canciones se suelen interpretar transportadas a tonalidades distintas a la original.
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Desapareció mi sosiego
y me pesa el corazón,
nunca conseguiré
hallar la paz.
Soy como una muerta
si él no está junto a mí.
El mundo entero
carece de atractivo.
Enajenada tengo
mi pobre cabeza,
y todos mis sentidos
deliran incoherentes.
Si miro por la ventana,
sólo a él mis ojos buscan.
Únicamente por encontrarlo
salgo fuera de casa.
Su caminar altivo,
su noble figura,
la sonrisa de su boca
y el fuego de su mirada.
El fluir encantador
de sus palabras,
la caricia de sus manos,
¡Oh! ¡Y sus besos ardientes!
Mi pecho hacia él se enarca
en poderoso impulso.
¡Si pudiera cogerlo,
retenerlo junto a mí,
y besarlo,
hasta saciar mis ansias,
hasta quedarme muerta
bajo sus labios!
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